El Vaticano quiere ordenar sus finanzas
El Vaticano quiere ordenar sus finanzas
Ha tardado 20 años y tres papas en dejar de ser un paraíso fiscal. Hoy sus inversiones financieras éticas son cada vez más un verdadero salvavidas
El Papa León XIV en la Ciudad del Vaticano. / ETTORE FERRARI / EFE
León XIV lleva un año en el trono y ya ha empezado a reordenar los muebles económicos del Vaticano. Es el tercer Papa en hacerlo. Benedicto XVI sentó las bases, Francisco ordenó y ahora León XIV afina. En octubre del año pasado, el Pontífice peruano-estadounidense, que visitará España del 6 al 12 de junio,firmó un motu proprio titulado Coniuncta cura (cuidado conjunto) que ha reforzado el papel de la APSA, la gestora inmobiliaria y financiera del Vaticano, fundada en 1967. En diciembre, suprimió la Comisión de Donaciones, órgano de captación de fondos que su antecesor, Jorge Mario Bergoglio, creó mientras agonizaba en el Hospital Agostino Gemelli y que generó sospechas sobre quién controlaría realmente el grifo de las donaciones. Al menos sobre el papel, la cosa parece que marcha, según analistas y exfuncionarios vaticanos consultados.
Los números hablan por sí solos. En el Vaticano hay tres principales entidades que administran activos económicos y financieros: la Santa Sede (la Curia Romana, que ayuda al Papa en su gobierno), el Estado Ciudad del Vaticano (Governatorato) y el Instituto para las Obras de Religión (IOR). Los tres tienen balances independientes y los tres tienen hoy sus finanzas bastante más ordenadas que hasta hace poco.
En concreto, la Santa Sede cerró 2024 (último ejercicio publicado, en diciembre de 2025) con un recorte de su déficit estructural de casi la mitad, de 83 a 44 millones de euros, y consiguió un superávit de 1,6 millones, frente al déficit de 51 millones del ejercicio anterior. No es poco, y se debe en buena parte a los resultados de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA), que ganó 62,2 millones en 2024, con 1.580 millones en inversiones financieras y una rentabilidad del 8,51% en cartera propia (el activo estrella fue el oro).
En cambio, las cifras del Governatorato no se publican desde 2016, pero sí figura una contribución de unos 20 millones directamente de esta institución al balance consolidado de la Santa Sede en 2024, algo que con toda probabilidad se debe, sobre todo, a los buenos resultados de la actividad de los Museos Vaticanos, uno de los complejos culturales más visitados (alrededor de siete millones de personas al año). De hecho, está a cargo de todo el espacio físico dentro de los muros del Vaticano y Castel Gandolfo, y tiene gastos limitados, por ejemplo, en la justicia vaticana y la gendarmería.
Lo mismo ocurre con el IOR, la principal entidad financiera del Vaticano. Este organismo está hoy obligado a cumplir con "filtros éticos" que excluyen ciertas inversiones, incluso rentables, como las vinculadas a la industria armamentística y a sectores incompatibles con la doctrina eclesial (en el pasado se llegó a invertir en fabricantes de anticonceptivos, como la extinta firma suiza Serono, y en el fabricante de armas estadounidense Lockheed). La entidad acaba de publicar su mejor resultado en una década: un beneficio neto de 51 millones en 2025, el 55,5% más. Al Papa le correspondió además un dividendo de 24,3 millones para obras de caridad, el 76% más.
Las cuentas de Robert Francis Prevost fueron auditadas por la firma Deloitte & Touche "sin ninguna observación" y, al igual que las de la APSA y la Santa Sede, se han publicado parcialmente en abierto. Una realidad de transparencia que habría parecido un imposible a quienes siguieron el caso Ambrosiano y los escándalos de los años 60 hasta los 90 del siglo pasado.
Esta historia, de hecho, no empieza hoy, sino mucho tiempo atrás, cuando hace unos 20 años el Vaticano decidió que no podía seguir como antes. Décadas de escándalos habían dejado su reputación financiera por los suelos. Marcello Condemi lo sabe bien. "Empezó en los años de Benedicto XVI", subraya este profesor de Derecho de la Economía, exdirectivo de la Autoridad de Información Financiera (AIF) vaticana y uno de los artífices de la primera ley antilavado del Vaticano. Corría 2010 y lo que se construyó no era una reforma: era un sistema que no existía. Hasta el 30 de diciembre de ese año, el Vaticano era un agujero negro al que las instituciones de vigilancia casi no podían acercarse. Después, eso cambió. "Fue una primera piedra fundamental para llevar la economía del Vaticano al siglo XXI", afirma el experto.
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