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Ficción y no ficción

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25.07.2025

Juan Tallón

Escritor.

Escritor.

La diputada del PP Noelia Núñez dimite de todos sus cargos / JUAN CARLOS HIDALGO

Tal vez haya que empezar a distinguir entre currículos de ficción y de no ficción. Uno podría servir para conseguir empleo, o para perderlo, y otro para que, cuando lo lean, digan «caray, qué adornos», como cuando entras en una de esas casas llenas de objetos que no sirven para nada, salvo para decir «hostias» o «caray» con admiración. O quizá haya que eliminar los currículos. En su lugar, irías a buscar empleo, dirías «Yo sé hacer esto», por ejemplo, gastar dinero público, o redactar una noticia sin manipularla, y alguien te pediría «A ver, hazlo». Lo que está claro es que los currículos fraudulentos no llevan a ninguna parte. A veces conducen al desastre total. Miren a Jean-Claude Romand, a quien Emmanuel Carrère retrató en uno de sus mejores libros. No fue un día a un examen, después no fue a clases, y al cabo de tres años tuvo que inventase su licenciatura en Medicina. A continuación, se inventó que trabajaba de médico, y luego que tenía un buen sueldo. Así veinte años. Cuando su familia descubrió el pastel, cogió y la asesinó entera.

Por otra parte, la verdad de los currículos es aburrida y triste, empezando por la fecha y el lugar de nacimiento. Hay algo en ese folio, o folios, que sabe a pared de hospital, a pintura, a cemento, a asepsia, a nada. Incluso la mentira puede resultar anodina, lastrada por la afectación. A veces creo que sería agradable leer, entre una escueta relación de méritos y títulos, alguna referencia a que el individuo es maniático, se limpia los zapatos contra la pernera del pantalón cuando entra al ascensor camino de una reunión o que durante un viaje de trabajo robó el albornoz del hotel, además del lápiz de la mesilla de noche. Tal vez sean los detalles sin importancia, ajenos a tu valía, que sin embargo explican más cosas sobre tu persona que tu edad, tu último empleo o la carrera que estudiaste para nada.

Es horrible inventar méritos. Casi tanto como no inventarlos. Una carrera profesional debería ocupar menos de medio folio. Y aún así medio folio casi parece excesivo. Ahí cabe una novela, si está bien escrita y planchada. Al menos una novela siempre revelará algo auténtico sobre su autor. Un currículo, en cambio, lo primero que dice es que estás tan desesperado que no has tenido más salida que escribirlo. Salir en defensa de uno mismo, presumiendo de la vida laboral que ha llevado, carece de elegancia. Lo hermoso es cuando salen otros a reivindicarte. Hace 30 años, un vecino de Vilardevós, analfabeto, acudió al cura en busca de una carta de recomendación para que lo recibiese un abogado. El tipo, apodado El Cojo, era mala persona, pero aún así el cura escribió la carta. Dos días después, el interesado se presentó en el despacho del abogado. «Así que viene usted de parte de Don José…», dijo. El Cojo sonrío, convencido de que nada podría salir mal, y le tendió la carta. El letrado se puso las gafas y leyó: «Amigo Rodrigo, el portador de la presente es el hijo de puta más grande de la provincia. Jódelo cuanto puedas. Tu amigo, José». El abogado sonrió oscuramente y dijo: «Ha tenido usted suerte; en efecto viene muy bien recomendado».

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