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Ese churo carnaval

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16.02.2026

En los últimos veinte años, Tarija ha hecho dos solidas contribuciones a la cultura boliviana; la vitivinicultura y la fiesta de comadres. Algún purista podría decir que no se trata de contribuciones “originales” (las vides y la elaboración del vino estuvieron esparcidas por Cinti y por diversos valles de Potosí, desde la colonia, y de igual manera, “comadres” viene de alguna antigua tradición ibérica), sin embargo, queda claro que sin el “empuje”, la “revitalización” lograda en Tarija, ambas no se hubieran impuesto en el espectro nacional.

La fiesta de comadres, que volvió a tomar fuerza en los últimos años del anterior siglo, se ha convertido en la “joya de la corona” del carnaval chapaco. De una u otra manera, ha llegado a ser la “fiesta de las mujeres” en toda Bolivia, mezclando los aires reivindicativos de la época, con la tradición y la idiosincrasia.

Pero, más allá de esta fiesta en específico, el carnaval chapaco en su conjunto, se diferencia cualitativamente del resto de las grandes fiestas bolivianas. El carnaval de Oruro, el carnaval cruceño, el “Gran poder”, el “corso de corsos de Cochabamba”, tienen en común el establecer una barrera infranqueable entre público y participantes; y esas vallas están generalmente reforzadas por el poder del dinero, la inversión en vestimentas, altas cuotas de membresía, etc. Y por ello en esos eventos unos son los que bailan y otros son los que aplauden.

El carnaval chapaco es un carnaval “de la calle”, participativo, donde la gente baila en las calles, en las plazas y donde incluso en los grandes eventos como el corso o la entrada de comadres, la diferencia entre público y participantes, es realmente tenue. El hecho de que sea un carnaval “callejero”, redunda en otro fenómeno importante; es un carnaval “multi generacional” (como muchas de las celebraciones tarijeñas), es decir que en la calle se borran las diferencias entre grupos etarios; los jóvenes se juntan con los papás de sus amigos, los abuelos, padres, nietos, bailan y “comparten” en los mismos espacios, sin ningún problema.

¿A qué se debe que estas características todavía pervivan?, yo creo que emergen de la fuerte influencia cultural que la comunidad campesina sigue teniendo sobre la ciudad de Tarija. De alguna manera podríamos imaginarnos el viejo valle central de Tarija, de los siglos XVIII y XIX, como una suma de comunidades campesinas, en que la copla era una herramienta comunicacional cotidiana; el chapaco “copleaba” al cuidar el ganado, al montar a caballo, al cortejar a la pareja, en las fiestas, en la cosecha, etc., etc. No se necesitan grandes escenarios, ni infraestructura para “coplear” y la copla puede darse en cualquier lugar. La cultura chapaca viene del campo, y los “chapacos urbanos” lo único que hacen es reelaborarla, y sublimar la campiña y su origen campesino, distinto al caso de otros ámbitos donde el habitante de la ciudad, mira con desdén y quizás incluso con un sesgo algo racista, su origen rural. 

Alguien podría decir que esas raíces pueden ser análogas a las de otras festividades bolivianas (también de origen campesino), pero más allá de las diferencias culturales, también hay que decir que la “fiesta,” como todo fenómeno “socio – cultural”, está sujeta a determinadas decisiones que orientan su desarrollo. Me imagino que hubo un punto, por ejemplo, en que el carnaval de Oruro se orientó a la estratificación extrema, convirtiéndose en un evento que parece cada vez más alejado del hombre común, en una estructura en que pagar para ver y pagar para participar parece haberse convertido en un elemento central.

Está claro también, que fiestas como el carnaval son importantes en regiones como Tarija que han optado por el turismo como una estrategia de desarrollo, pero sería un error básico el entender ese objetivo, como un sinónimo de mercantilización extrema. El turismo, igual que cualquier otro servicio, es valioso en la medida en que se mantenga y desarrolle diferenciándose de sus pares, es decir de su “competencia”.

Y en esa tendencia a la fragmentación y mercantilización pueden ser tan perniciosas entidades como los propios municipios (ansiosos de realizar “concesiones”), las empresas que pueden monopolizar ciertas ventas y servicios, y los “gremios” que pugnan por apoderarse de los eventos clave (como los “corsos” por ejemplo), para poder cobrar cada vez más. Tanto por ver, como por participar.

Si se pierde la noción del carnaval como un bien público, y se “cuartea”, como tantas otras cosas en nuestro país, inevitablemente entrara en el estancamiento y el declive. Pero por suerte, mientras eso no ocurra, los tarijeños y nuestros visitantes, seguiremos disfrutando con la misma libertad y frescura de las “chamuyadas” (la mojasón), el corso, el corso de “integración andina”, las fiestas de disfraces, las fiestas carnavaleras rurales, la recientemente inaugurada “entrada de compadres” y por supuesto, la fiesta de comadres, única por su inigualable belleza.

*Rodrigo Ayala es cineasta y gestor ambiental


© El País