La lectura también puede apoyarse en lo digital, sin perder lo humano
Durante mis prácticas pedagógicas desarrolladas en dos gestiones consecutivas, con tiempos breves pero intensos de trabajo en aula, pude percibir que la comprensión lectora no siempre fracasa por falta de interés de las niñas y los niños. En muchos casos, lo que falla es la forma en que se les propone leer y comprender los textos. Cuando la lectura se presenta como una obligación repetitiva, es natural que pierda sentido para quienes recién están formando su camino como lectores.
En este tiempo de acompañamiento a estudiantes de primaria, observé que el uso sencillo y pertinente de recursos digitales no reemplazó la lectura tradicional, sino que la fortaleció. Imágenes, fotografías reales del trabajo realizado, textos adaptados y apoyos visuales ayudaron a que los estudiantes se acerquen a la lectura con mayor confianza. Lo digital, lejos de ser una distracción, se convirtió en un apoyo cuando fue usado con intención pedagógica.
Muchos estudiantes comprendían mejor cuando podían ver lo que leían. Una imagen relacionada con el texto, una fotografía del proceso o un esquema simple les permitía anticipar ideas, ordenar pasos y recordar información con mayor facilidad. Este apoyo fue especialmente importante para quienes tenían dificultades para expresarse de manera oral o escrita, ya que les brindó un punto de partida para comprender y participar.
Es importante aclarar que no se trató de usar tecnología por moda ni de depender de herramientas complejas. Los recursos utilizados fueron simples y accesibles, pensados para acompañar la lectura y no para desplazarla. El texto siguió siendo el centro del aprendizaje, mientras que lo digital funcionó como un puente para facilitar la comprensión.
Este enfoque también permitió mejorar la participación en el aula. Estudiantes que antes permanecían callados comenzaron a opinar cuando reconocían imágenes o situaciones cercanas a su realidad. La lectura dejó de ser una actividad individual y silenciosa para convertirse en un espacio de diálogo, donde cada estudiante podía aportar desde su experiencia.
Desde esta vivencia, confirmé que el aprendizaje se construye en interacción. Como plantea Paulo Freire, comprender un texto implica relacionarlo con la realidad y dialogar sobre él. Los recursos digitales, usados de manera sencilla, facilitaron ese diálogo y ayudaron a que los estudiantes se sientan parte activa del proceso de lectura.
Otro aspecto valioso fue que los textos trabajados se vincularon con la vida cotidiana de los estudiantes. Al verse reflejados en lo que leían, comprendían mejor el mensaje y se animaban a reflexionar. No solo respondían qué decía el texto, sino por qué era importante y cómo podían mejorarlo o adaptarlo.
También noté que el uso moderado de recursos digitales ayudó a mantener la atención. En lugar de largas lecturas continuas, se trabajó en momentos breves, combinando lectura, conversación y observación. Esto permitió respetar los distintos ritmos de aprendizaje y evitar el cansancio, especialmente en los estudiantes más pequeños.
Desde mi punto de vista, el verdadero valor de lo digital en la lectura está en su capacidad de acompañar, no de reemplazar. El libro, el cuaderno y la palabra del docente siguen siendo fundamentales. Sin embargo, cuando se incorporan apoyos visuales o interactivos sencillos, la comprensión lectora se fortalece y el aprendizaje se vuelve más significativo.
Esta experiencia, aunque desarrollada en un tiempo corto, me dejó una enseñanza clara: no se necesita ser experta en tecnología para usarla bien en el aula. Se necesita sensibilidad, reflexión sobre la práctica y disposición para adaptar la enseñanza a la realidad de los estudiantes. Cuando la lectura se apoya en recursos simples, cercanos y humanos, los niños no solo entienden mejor, sino que también recuperan el gusto por aprender.
