Apague la luz y escuche
Hace unos meses realicé un sueño infantil: conocí quién prende y apaga la luz. Para cumplir una investigación destinada a la Sociedad de Ingenieros de Bolivia (SIB) conseguí autorización para visitar (en modo VIP) las 14 hidroeléctricas de la Compañía Boliviana de Energía Eléctrica.
La luz -Lux, diría Rosalía- es uno de los encantos envolventes de la niñez, igual que para la Humanidad primitiva fue Prometeo y el fuego. Luminosidad intangible, tiniebla temida. Los farolitos en las procesiones, los faroles en los parques, las farolas en los callejones de San Pedro y Churubamba eran antesala de cuentos nocturnos.
Desde la ventana del costurero era fantástico esperar en el espacio de las dos luces- cuando el día ya no es día y la noche todavía no es noche- el encendido de las luminarias. ¿Quién las prende?, pregunté porque no divisaba ningún inmenso interruptor. Me respondieron que desde lejos alguien ejecutaba ese control cotidiano.
En los años sesenta, por dos o tres horas, se cortaba la energía eléctrica y había que cenar bajo el reflejo de candelabros. Mi hermano, imitando a un científico, recorría con su mano mi cabellera azabache para comprobar si salían chispas. El cabello se electrificaba. Era la hora del aparato de transistores para escuchar en familia a Alí y Baba con David........
