Liderar siendo mujer en Bolivia: la vocación que cuesta todo
Cada año Bolivia celebra el 11 de octubre el día de la mujer boliviana. Yo prefiero no celebrar: prefiero contar.
Mientras escribo, el país lleva 66 feminicidios este año. Y cerca de 88 niños han quedado huérfanos. Esa cifra, no de calendario, debería fijar el tono de cualquier homenaje.
Tuve el honor de pertenecer a una generación que luchó en la calle, las pitita, y que después fue coronada en el Parlamento durante la pasada gestión, donde, a mi juicio, las mujeres fueron quienes más brillaron. Hoy, parte de esa generación tiene la oportunidad histórica de llevar adelante el sueño de aquellas que quedamos fuera de la política, no por falta de vocación, sino porque enfrentarse a un sistema corrupto tiene un precio: te quieren fuera si incomodas.
No soy feminista, y me cuesta mucho escribir desde ese lugar. Pero un año de campaña me bastó para aprender algo que no necesitaba aprender 2 veces: A una mujer en política es mucho más fácil cuestionarla.
Mi paso por el Parlamento no pasó inadvertido. Denuncié el uso indebido de aviones del Estado en favor de Evo Morales. Descubrí las operaciones de Venquis, vinculada a los hijos de Arce. Señalé a mi propio Titular como tránsfuga, vendido al MAS, sabiendo el costo que eso tendría para mi gestión. Saqué a la luz la empresa Botrading y la denuncié junto a Amalia Pando (insistimos cuando nadie más quería hablar del tema). Rastreé día y noche hasta dar con las 174 casas de la exministra Julia Ramos. Expuse el caso de estupro de Evo Morales con pruebas inéditas que ni siquiera figuraban en el cuaderno de investigación. Me opuse a la elección del fiscal general, pero desde un argumento de fondo: fui la única que interpuso una acción de inconstitucionalidad abstracta contra la maniobra de la que hoy se habla en cada noticiero, acción que el propio Carlos Alarcón se encargó de frustrar. Y entre tantas denuncias e investigaciones, hay una gestión........
