La chiva de la revolución minga
Las recientes declaraciones del Pacto Histórico son alarmantes: “Esta minga la vamos a montar en la chiva de la revolución ciudadana para mantener nuestro proyecto de gobierno. No podemos ir a segunda vuelta, porque nos van a joder”.
¿Qué será la revolución ciudadana? Me imagino que es la continuación, a lo largo y ancho del país, del estilo del gobierno del “cambio” caracterizado por tomas de indígenas, de campesinos dizque “instrumentalizados” por las guerrillas (muchos de ellos guerrilleros disfrazados de campesinos), de asonadas (el art. 469 del Código Penal se refiere a quienes de manera tumultuaria exigen violentamente a la autoridad la ejecución u omisión de un acto propio de sus funciones).
Y lo anterior, sin pronunciar el estilo de gobierno dictatorial (todo lo quieren sin congreso, por decreto, a la brava) y sin nombrar el componente de la corrupción, que campea a su antojo, cual elefante que entra y sale de los establos de la Casa de Nariño, sin que el presidente -dice él- se dé por enterado. Lo que ocurre es que el Pacto está “históricamente” nervioso, siente pasos de animal grande -en los mares circunvecinos un enorme león de melena dorada, como el de la Metro Goldwyn Mayer, que se traga dictadores, en el interior un tigre poderoso y una paloma crecida- y saben que tienen que movilizarse para infundir miedo en la ciudadanía, tanto que ya presienten que “en segunda vuelta nos van a joder”, como lo dijo el señor Alexander López- “alter ego” de Petro- alfil que estaba misteriosamente desaparecido desde hace varios meses, pero reaparece con un segundo aire, como para el partido final del Pacto, que está comprendiendo que la partida no será fácil, porque el país ya entendió lo que significaba “el cambio”: caos total.
Veo angustiado al candidato marxista, Iván Cepeda, que para fórmula vicepresidencial escogió a la peor de todas, señora Aida Quilcué quien, como diría en Blu Radio un humorista de Vox Populi, “tiene más carisma un inspector delegado de rifas, juegos y espectáculos”; pero lo hizo pensando en reafirmar el apoyo incondicional de la comunidad indígena de Colombia, que merodea los dos millones, aunque poco apoyo intelectual le pueda aportar a su inviable gobierno, y sin necesidad, porque de antemano se sabe que la camarilla ancestral -con mingas y todo- se sienten “más contentas que un marrano estrenando lazo” en el seno de un Pacto Histórico que las mima, les da costosos contratos atípicos sin ninguna interventoría (como ese de 50 mil millones “para la implementación del sistema indígena de educación propio”), les da tierras, les promete esta vida y la otra, con tal de hacerles imposible la vida a los ciudadanos que no están metidos dentro de ellas.
Post-it. Y el candidato alebrestado de la izquierda -que siente pánico escénico para enfrentar debates televisados con el “Tigre” Abelardo- acabó de mostrar el cobre con sus groseras y calumniosas alusiones a Antioquia La Grande, a su dirigencia y principales líderes, como Álvaro Uribe Vélez -el mejor presidente que ha tenido Colombia- y lo hace para bajarle más el tono moral a su discurso político, lleno de odio de clase y de resentimiento personal. Mis respetos al gobernador de ese Departamento, Andrés Julián Rendón y al alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, que les ha tocado capotear el vendaval petrista, con valentía, sin ningún apoyo del gobierno central para sacar adelante su tierra, siempre pujante y ejemplar.
