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En defensa de Europa

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08.02.2026

Durante una visita a Londres a fines del siglo XIX, Mark Twain fue consultado por la prensa sobre los rumores que anunciaban su muerte. Respondió con un lacónico telegrama: “El informe de mi muerte ha sido una exageración”. Algo parecido se podría decir hoy de Europa.

En los últimos meses –y con especial intensidad durante la reciente reunión del Foro Económico Mundial en Davos– Europa se ha convertido en el blanco predilecto de críticas y reproches provenientes de la nueva derecha internacional. El viejo continente sería un aprovechador geopolítico (según Donald Trump), o lento e indeciso frente a la amenaza rusa (en los ojos del presidente ucraniano, Volodimir Zelenski).

Viktor Orbán habla de la “no-democracia liberal”. Desde Washington se repite una acusación ya familiar: Europa solo puede sostener su generoso estado de bienestar porque Estados Unidos subsidia su seguridad. El actual Secretario de Estado, Marco Rubio, ha insistido en que su país no puede seguir protegiendo a las naciones ricas que invierten poco en su propia defensa. Trump, con menos matices, va más lejos, describiendo a Europa como una especie de parásito.

Nada de esto es enteramente nuevo. En los años ’70 se hablaba de la “euroesclerosis”; en los ’80, los centros de pensamiento conservadores denunciaban el modelo europeo como un “asesino de empleos”; durante la crisis del euro a comienzos de la década pasada, a la revista Time se le ocurrió el original titular de “El declive y la caída de Europa”.

Existe una larga tradición estadounidense de mirar en menos a los europeos. En 1788 El Federalista, una colección de ensayos escritos por próceres como Hamilton y Madison, retrataba a Europa como un proyecto político fallido: moralmente corrupto, atrapado en guerras interminables y dominado por jerarquías heredadas. El........

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