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Cuando vuelve la lluvia

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19.09.2026

Un país puede asegurar agua, mantener producción y aun así distribuir muy mal el costo de sobrevivir a la escasez. Ese es el problema que comienza cuando vuelve la lluvia.

El término de la megasequía no significa el término del problema hídrico chileno. Confundir ambas cosas conduce a dos errores simétricos: creer que un invierno lluvioso resolvió la crisis o interpretar cada año seco como prueba de que Chile marcha inexorablemente hacia una sequía permanente. Ninguno resiste bien la evidencia.

La megasequía fue real y excepcional. Entre 2010 y 2022, Chile central sufrió una persistencia extraordinaria de precipitaciones deficitarias, pero aquello no fue simplemente “el nuevo clima” instalado de una vez y para siempre. La evidencia apunta a una combinación de variabilidad natural, particularmente asociada al Pacífico, y calentamiento antropogénico. La megasequía no fue simplemente cambio climático, pero tampoco fue independiente de él.

Una sequía es un episodio hidroclimático. El cambio climático altera las condiciones de fondo sobre las cuales esos episodios ocurren: temperatura, nieve, evaporación, escorrentía y recarga. El estrés hídrico es otra cosa: surge de la relación entre disponibilidad y demanda. Por eso puede terminar la sequía sin terminar la escasez.

La distinción importa porque, durante la megasequía, la caída de la disponibilidad fue determinante en las situaciones de estrés extremo. Pero en horizontes más largos también pesa el crecimiento del uso del agua. El problema hídrico chileno no se explica solo mirando al cielo. Depende de cuánto demandamos, dónde lo hacemos y, sobre todo, de quién dispone de los medios para adaptarse cuando el agua escasea.

Allí comienza el problema económico. Un mismo shock hidroclimático no produce el mismo shock productivo. Quien dispone de almacenamiento, infraestructura, fuentes alternativas, financiamiento y tecnología enfrenta una sequía........

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