Orwell y la lección que las élites aún no quieren entender
Orwell nos recuerda que la política pierde su sentido cuando deja de caminar por las calles y comienza a vivir exclusivamente en seminarios, oficinas, ministerios o parlamentos. Ninguna estadística sustituye una conversación con quien trabaja, emprende, paga impuestos o espera una atención médica.
A propósito de las últimas discusiones político-parlamentarias respecto de algunos proyectos en actual tramitación, he recordado que en enero de 1976 se publicó en Barcelona, en Ediciones Destino (luego de varios años de censura por la dictadura franquista), la primera edición en castellano de una de las obras más lúcidas y menos ideológicas de George Orwell: El camino a Wigan Pier, publicada por primera vez en Inglaterra en 1937.
Hoy, en tiempos en que abundan los diagnósticos, los programas y las grandes promesas de transformación social, no cabe duda de que conviene, en particular por parte de las élites políticas, volver a releerla.
Aunque fue escrita hace casi 90 años, sus páginas contienen una advertencia que hoy es incluso más vigente que en la Inglaterra de 1937.
Muchos recuerdan este libro por la conmovedora descripción de la vida de los mineros del norte inglés. Sin embargo, su aporte más profundo se encuentra en la segunda parte del mismo, donde Orwell dirige su mirada no hacia la pobreza, sino hacia quienes afirmaban representarla.
Su crítica resulta sorprendente porque no está dirigida principalmente contra el capitalismo, sino más bien contra la inconsecuencia de una parte importante de las élites intelectuales y socialistas de su tiempo.
Orwell observó que muchos de quienes hablaban en nombre de los trabajadores apenas conocían la realidad cotidiana de aquellos cuya causa decían defender. Construían teorías sobre la vida de personas con las que rara vez........
