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Mucha inteligencia y poca sabiduría

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¿Quién gobernará la inteligencia artificial? ¿Cuáles serán sus límites, principios y reglas fundamentales?

La ciencia sin conciencia no es más que la ruina del alma.

François Rabelais (1532)

Hay una paradoja que acompaña a la civilización desde sus orígenes: cada vez que el ser humano aumenta su poder, debe crecer también su responsabilidad.

Descubrimos el fuego antes de aprender a dominarlo. Inventamos la pólvora mucho antes de escribir las reglas de la guerra. Liberamos la energía del átomo antes de comprender las consecuencias de Hiroshima. Casi siempre, la historia avanza en el mismo orden: primero aparecen la técnica y el poder; después llegan —no siempre a tiempo— la contención ética, la prudencia, la sabiduría y la gobernanza.

Con la inteligencia artificial todavía estamos a tiempo de lograr que ocurra lo mismo. Esperemos  que no sea demasiado tarde. Nunca una tecnología había evolucionado con semejante velocidad. 

La IA ha comenzado a transformar la medicina, la educación, la investigación científica, la economía, la industria, la defensa y la creación intelectual.  En ese sentido, no soy un enemigo de la IA. Al contrario, los beneficios que puede aportar a la humanidad son enormes si se administran bien y se contienen la ambición humana, la malicia y los riesgos que estas conllevan.

Mientras su capacidad crece exponencialmente, nuestra conversación pública sigue girando en torno a cuestiones pequeñas o banales: si un estudiante podrá hacer sus tareas con ChatGPT, si la IA puede mentir, si la gente puede compartir sus problemas personales con ella o si un computador........

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