Rubio, el declive gestionado no es una opción
Aunque Octavio Paz siempre matizó la plena adscripción de América Latina a Occidente (y con algo de razón), los desafíos venideros hacen necesario reforzar aquella pertenencia de forma clara e indubitable. Eso es especialmente válido en temas de seguridad y defensa, pero también en cuanto a herencia y proyección cultural de la región entera. Hay que partir constatando lo obvio; el debate público se realiza en una lengua europea, ni siquiera en náhuatl, aymara o totonaca.
De ahí entonces la centralidad que tiene para este “orbe hispánico” el discurso pronunciado por el secretario de Estado, Marco Rubio durante la reciente Conferencia de Seguridad en Baviera. Fue una alocución con tremendo peso político y fuerte matriz cultural.
Rubio no le habló a una audiencia circunstancial ni a comentaristas de generalidades. En un tono de poder hegemónico efectivo, le habló a Occidente en su totalidad. Le mostró un espejo. Apuntó a su conciencia histórica y habló de la forma en que ésta se fue configurando a ambos lados del océano, dando vida a sociedades llenas de acontecimientos y personajes históricos comunes.
En uno de sus pasajes más sugerentes, hizo recordar algo tal vez nimio, pero muy trascendente. No es simple casualidad que miles de latinoamericanos, creyentes y no creyentes -al igual que los europeos- miren con éxtasis las bóvedas de la Capilla Sixtina y las agujas de la Catedral de Colonia, o se maravillen con el Partenón o el Foro Romano, o que, incluso sin saber inglés, sigan con entusiasmo genuino las canciones de Paul McCartney o Mick Jagger. Rubio habló de su propia vida y de su familia. En materia de ejemplos, fue contundente.
Un sobrevuelo rápido a su alocución, muestra que evitó las ambivalencias y los vericuetos verbales, tan propio de estos eventos, fijando algunas coordenadas vitales, ante las cuales, Occidente entero -es decir, incluyendo a América Latina- deberán poner atención.
Ellas se condensan en dos nociones centrales.
La primera es su llamado a tener un registro profundo del momento por el que atraviesa Occidente. Formuló claras advertencias. O se revive un proyecto occidental o el colapso será inevitable. “Nadie está condenado a un declive gestionado (managed decline)”, dijo. Pocos estadistas se atreven a decirlo. La decadencia, en cualquier sentido, es una elección; jamás un mal irreversible.
Esta especie de apotegma intersecta de lleno con asuntos latinoamericanos; una zona del planeta que ya no será periferia de nadie, aseguró Rubio.
Gestionar el declive, tan presente en algunas ideas y prácticas políticas latinoamericanas, ha sido producto, efectivamente, de la pérdida de esa imprescindible brújula político-cultural. Un buen ejemplo es haberse dejado llevar por extravíos metafísicos, por rituales ideológicos o por simples modas woke. ¿No fueron eso los coqueteos con organismos divisivos como los unasures, los foros de Sao Paulo, los grupos de Puebla, ALBA, CELAC y tantos otros?
Luego, otra noción central contenida en el discurso de Rubio es aquella referida a la seguridad internacional; en particular al control de fronteras.
Un observador desprevenido podría pensar que estaba hablando de cosas exóticas. Total, aquí no llegan pateras con subsaharianos, se podría pensar. Pero, no. Es un tema de mucha actualidad, especialmente para Chile.
Aquí se divisa un desafío casi idéntico al de varios países europeos. Flota la urgencia de ejercer soberanía real a lo largo y ancho de cada territorio. Esto no es otra cosa que saber quiénes y cuántos entran y salen. Bajo qué condiciones viven los individuos que migran permanente o temporalmente y ver si el país (no sólo la economía) está en condiciones de absorber tales flujos. Rubio propone ver estos temas como asuntos políticos y no administrativos.
Aún más, pide situar el problema migratorio (el de la inmigración descontrolada) en un plano que va necesariamente más allá de las políticas públicas.
El desperfilamiento del sentido profundo de la autoritas conecta con aquello. Puesto de otra manera. Las sociedades más avanzadas (esas que reciben migrantes) deben convencerse a sí mismas que no son albergues ni hoteles, y que sus instituciones no son simples catastros de registros personales. Rubio lo dice con claridad. Los que lo hacen, han olvidado que su naturaleza es ser comunidades políticas y culturales.
El discurso no fue una mera sucesión de recomendaciones. Sugirió reforzar la identidad de cada país, antes que sea irreversible. Si no lo hacen, las sociedades receptoras serán arrasadas, demolidas. Este reforzamiento implica definir conceptualmente qué es lo que quiere controlar y para qué. Mientras esa ecuación no se resuelva, la gestión del declive continuará.
No sin razón, Rubio, al reforzar la idea de la identidad, recuerda que la disputa global hoy en día ya no se relaciona sólo con territorios ni tiene características necesariamente cinéticas. Se prefiere la confrontación híbrida; generar desbalances en los enemigos y debilitarlos por medio de la fragmentación de sus sociedades.
Esto sugiere -en palabras de Rubio- que ha llegado a momentos en que la historia nacional de cada país deje concebirse como un simple catálogo de condenas ad infinitum; una sucesión de culpas y pecados.
Quizás precisamente por lo macizo, el discurso merece ser visto en un contexto más amplio. Por ejemplo, aquel que emana de la acción de las superpotencias, focalizado en construir nuevos relatos, en reforzar la cohesión de su esfera de influencia y redefinir su perímetro estratégico. Basta ver a los rusos y su acción en lo que denominan “extranjero cercano”; un despliegue que encuentra respaldo intelectual en las sugerentes obras de Aleksandr Dugin.
Parte de aquella construcción es la convocatoria de la administración Trump a una especie de cumbre con mandatarios latinoamericanos afines (para el 7 de marzo) con el propósito de reconfigurar de la manera más profunda posible el orden hemisférico. Es evidente que han llegado a la conclusión que no se trata solamente de obtener victorias electorales ni propiciar pequeños giros tácticos.
La mirada de más largo plazo, en lógica regional, significa que la relación con México, Colombia y países centroamericanos (y, desde luego, Chile) dejará de conducirse con palabras de buena crianza o melosos discursos diplomáticos. La vara será su capacidad real; tanto para combatir el crimen organizado como para monitorear su infraestructura crítica. Quien no lo haga, EE.UU. no lo considerará un país confiable (y las otras dos superpotencias estarán listas para aprovechar la rendija). Todo esto confirma un escenario regional nuevo, donde la clave parece ser el intento de poner fin al declive específico de cada país.
En resumen, en la capital bávara apareció el deseo de reordenar el mapa y también a dibujarse un secretario de Estado buscando no solamente dejar bien puesto el nombre de la administración Trump. Sus palabras dejaron la sensación de que su nombre -y, por lo tanto, sus ideas- se han instalado de cara a los próximos capítulos de la política estadounidense.
