La duda
Volví a ver la película La duda, basada en la obra teatral de John Patrick Shanley, y confirmé algo que ya había sentido antes: no es una historia sobre hechos comprobables, sino sobre el poder —y el riesgo— de las certezas subjetivas cuando reemplazan la búsqueda honesta de la verdad.
En 1964, una monja sospecha que un carismático sacerdote abusa de un estudiante. Desde esa sospecha se inicia un enfrentamiento no para buscar la verdad, sino para confirmar una convicción previa. La monja, interpretada por Meryl Streep, no investiga ni contrasta: interpreta. Lee gestos, silencios, ambigüedades, y los ordena hasta que encajen en lo que ya ha decidido creer.
Para sostener esa certeza, está dispuesta a todo: exagerar, manipular, mentir. Incluso —y esto es lo más perturbador— a mentirse a sí misma. No actúa desde la maldad, sino desde una moral rígida, cerrada sobre sí misma, que se siente autorizada a forzar los hechos cuando estos no confirman su convicción.
El sacerdote, encarnado por Philip Seymour Hoffman, queda atrapado en ese juicio previo, sin posibilidad real de defenderse. Y la obra termina con ella devastada. No porque la verdad haya salido a la luz, sino porque comprende —tarde— lo que ha hecho. Juzgó sin saber. Forzó los hechos para confirmar su convicción. Mintió.
Cuando dice “tengo dudas”, ya no está investigando nada: está nombrando el peso de una falta........





















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