Refrendada ley de la selva (I)
Hace 100 años la Compañía Británica de las Indias Orientales, fundada en 1600 para dominar el comercio de especias, se había convertido en fuerza armada y política entreverada en las luchas locales que libraban sin cesar pequeños tiranos de ambos lados del río Indo. El ejército de la Compañía respaldaba la administración férrea de extensiones enormes de tierra y el control de los negocios del té, la seda, el índigo, el algodón y estupefacientes como el opio, bajo la garantía de un derecho otorgado por la Corona.
Para entonces, la noción de la India era amplia y vaga y los intereses de la Compañía la llevaban a estar pendiente de regiones aledañas como Afganistán, desde siempre tierra arisca e indomable en medio de su sencillez. Donde no tenía campamentos militares, la Compañía contaba con amigos, tenía enemigos útiles, competidores, espías profesionales e informantes espontáneos que ayudaban a acertar en las decisiones de avanzar, retroceder, comprar o vender gobiernos, invadir o sancionar, financiar o abandonar a quien fuese conveniente.
Dos factores unían para entonces a los habitantes de los actuales Afganistán y Pakistán: la memoria de que Alejandro Magno había estado allá y la presencia extendida de la comunidad Pastún.
Giorgos Ziogas, arquitecto griego, comprobó en el Siglo XX en escenarios campesinos........
