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Política fuera de lugar

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18.02.2026


El cumplimiento mismo de la tregua, obligatoria para las ciudades participantes, les daba a los juegos, por definición, una función política paralela a la competencia deportiva, pues el hecho de ser símbolo y ejemplo de que la paz es posible tenía significado político en el más noble de los sentidos. De allí salió el ideal de que ese espíritu se mantuviera en torno y con ocasión de toda competencia deportiva, y no se limitara al paréntesis de los juegos.

A pesar de esa quimera, la puerta quedó, de hecho, abierta a la interferencia de los tribalismos, traducidos a los nacionalismos. También quedó abierto un acceso, cada vez más grande, a la interferencia que frente a los ideales olímpicos pueden representar la comercialización del deporte como espectáculo y la propagación del fanatismo. Fenómenos ambos que han avanzado para convertir las justas deportivas, con sus pros y sus contras, en elemento sustancial de la civilización contemporánea. Una civilización que, bajo sus diferentes versiones, convierten a algunos deportes en elementos de verdadera congregación internacional de público de todos los países, sin barreras de credo religioso o político.

La omnipresencia del deporte ha venido a llenar en nuestra época el vacío de espectáculos de masas que siempre existieron en todas partes. Promotores de militancias y colectores de euforias o frustraciones colectivas que afectan a millones de personas relacionadas con equipos en los que no juegan, pero por los que se juegan el pellejo como devotos o críticos de los actores de uno y otro torneo.

Si fuese posible, que no lo es sino en gracia de discusión, sustraer los espectáculos deportivos de los rituales de la vida contemporánea, el mundo sería sin duda aburrido y también peligroso, pues se pondría en busca de entretenimientos como el circo romano, con ansia irrefrenable de causas comunes para esperar, vivir, criticar y recordar acontecimientos de concurrencia multitudinaria, ahora presencial o remota. Para celebrar o sufrir en compañía de alguien victorias y derrotas.

Existe una legítima preocupación, aunque no siempre explícita, que acompaña en todas las ocasiones las competencias deportivas: la fidelidad al espíritu del olimpismo. Es decir que, así no se trate de los Juegos Olímpicos formalmente organizados, subsiste y debe subsistir el propósito del cumplimiento de esos ideales olímpicos que se sintetizan en el encuentro amigable de representantes de distintas agrupaciones de la especie humana para buscar, con la práctica de un deporte, los ideales de mente sana en cuerpo sano, la competencia amistosa, el juego limpio, y la paz no solamente entre los competidores, sino entre sus seguidores y gobernantes.

Frente a ese panorama idílico existen realidades contundentes que muestran encuentros y también desencuentros entre la política y el deporte.  Y es difícil que sea de otra manera porque, sobre todo en la dimensión internacional, las personas que participan en cada competencia tienen distintas características y creencias, que salen a flote un poco por fuera de lo deportivo bajo la presión de los animadores de su respectiva cultura, cuando no de sus respectivos estados. De manera que los deportistas se convierten en portadores involuntarios de estandartes de aquello que se ha venido en llamar “poder suave “, que juega un papel importante en todos los escenarios de las relaciones internacionales.

La idea misma de la restauración de los Juegos Olímpicos por parte del Barón Pierre de Coubertin, en los últimos años del siglo XIX, despertó interesantes observaciones de naturaleza política, además de las deportivas. A partir de entonces, ha sido muy difícil ahuyentar todo tipo de interferencias, así como el aprovechamiento de los juegos por parte de gobernantes de distinta procedencia para dar impulso a sus intereses o al menos hacerse notar en el escenario.

Muy en desorden, se puede recordar cómo los juegos de Berlín, en época del Tercer Reich, quisieron ser aprovechados para demostrar la superioridad racial de los organizadores. Lo mismo, bien que mal, ha sucedido en otras partes, así no haya sido de manera tan radical y ostensible. Los Estados Unidos boicotearon los Juegos Olímpicos de Moscú como represalia por la invasión rusa de Afganistán. Rusia hizo lo propio con los de Los Ángeles.

En torno de Rusia, se han presentado las mayores y más intensas discusiones. Los atletas rusos han sido proscritos de las justas olímpicas, y de otros eventos, por la utilización de lo que se ha denominado por algunos “doping institucional” para sus atletas en los Juegos Olímpicos de Sochi. También ha sido excluida últimamente de los olímpicos y de otros campeonatos importantes, como los de la FIFA y la UEFA, a manera de sanción por su ataque a Ucrania. Atletas rusos pueden participar en forma individual en algunos campeonatos, previo proceso restrictivo, pero su nacionalidad no se menciona, la bandera no es izada ni portada y el himno nacional no se escucha.

(mañana continúa)

 


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