Política fuera de lugar
El cumplimiento mismo de la tregua, obligatoria para las ciudades participantes, les daba a los juegos, por definición, una función política paralela a la competencia deportiva, pues el hecho de ser símbolo y ejemplo de que la paz es posible tenía significado político en el más noble de los sentidos. De allí salió el ideal de que ese espíritu se mantuviera en torno y con ocasión de toda competencia deportiva, y no se limitara al paréntesis de los juegos.
A pesar de esa quimera, la puerta quedó, de hecho, abierta a la interferencia de los tribalismos, traducidos a los nacionalismos. También quedó abierto un acceso, cada vez más grande, a la interferencia que frente a los ideales olímpicos pueden representar la comercialización del deporte como espectáculo y la propagación del fanatismo. Fenómenos ambos que han avanzado para convertir las justas deportivas, con sus pros y sus contras, en elemento sustancial de la civilización contemporánea. Una civilización que, bajo sus diferentes versiones, convierten a algunos deportes en elementos de verdadera congregación internacional de público de todos los países, sin barreras de credo religioso o político.
La omnipresencia del deporte ha venido a llenar en nuestra época el vacío........
