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Crónicas de Facundo: Magnifica Humanitas -Parte 3-

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21.06.2026

La encíclica Rerum Novarum, situada en el vértice entre los siglos XIX y XX, es el punto de partida de la doctrina social de la Iglesia. Relanzada por la Quadragesimo Anno ejerció una importante influencia promotora como astrolabio de los sindicatos católicos y los partidos demócrata cristianos que cubrieran la experiencia del siglo XX hasta sus declinaciones por obra del «quiebre epocal». 

El cristianismo, lo explica el político e intelectual Rodolfo J. Cárdenas, autor de El humanismo cristiano (1992), “concibe un humanismo histórico” también integral, pues “ni la historia deviene sin el hombre ni el hombre sin la historia” a la vez que “concibe y defiende al hombre total, corpóreo y moral, material y espiritual, real tanto en lo físico como en lo intelectual. Por cuanto concibe a todos los hombres sin excepción”. Es decir, es integral el humanismo por cuanto es “abierto, penetrable hacia lo absoluto trascendente”, según Cárdenas. O, como bien lo explica su prologuista, el demócrata cristiano y expresidente venezolano Luis Herrera Campíns, “el cristianismo es una realización humanista y el humanismo, en su más recta concreción, es una realización cristiana. El hombre está en el centro. Su trascendencia lo hace superior en todo sentido a las demás criaturas, pero no para despreciarlas ni menguarlas en su significación, sino para asignarles su puesto, su nivel ontológico, su categoría”.

León XIV, sin perjuicio de lo anterior como criterio, al tratar sobre los fundamentos y principios de la doctrina social de la Iglesia en su encíclica Magnifica Humanitas y pedir, otra vez, “encarnar el amor de Dios en la trama concreta de la historia”, en el tiempo de la IA, alienta a las academias y las universidades a revitalizar tales principios, los del humanismo integral, “reconsiderándolos de forma que se adapten a los tiempos actuales y sean eficaces para afrontar la revolución digital”.

Se trata, en suma, de una tarea que, en el siglo XXI, trasvasa las fronteras sindicales y partidarias para que el diálogo con la historia – con las ciencias y la cultura – sobre ese “núcleo de verdad que no declina” y desde ese marco de sabiduría que representa la doctrina social de la Iglesia, oriente a todos los creyentes, en lo personal y en lo social, en el esfuerzo colectivo de “hacer más justa y fraterna la vida de nuestras sociedades”, como lo propone el Obispo de Roma.

Los tiempos son otros, no sólo son nuevos. Comprometen y desafían a la ontología, bajo la cultura del relativismo, la pulverización de lo social, el desarraigo nacional y su más peligrosa deriva, la vida al detal e instantánea, negada al compromiso con las viejas y las subsiguientes generaciones. De donde las formas de la experiencia social y política acaso deban ser otras sin que se renuncie a la esencia de lo humano y lo personal.

Una revisión al vuelo de la elipse que media entre el papado de León XIII y León XIV, vista desde la plaza pública y de la inserción en esta de los partidos de raíz cristiana, nos muestra que ellos mismos respondían a realidades temporales propias. Pues si cierto es que ya en el siglo XIX y su segunda mitad se cuenta con partidos de tradición liberal – liberales, radicales, conservadores, moderados – inspirados en la revolución industrial burguesa como en la ilustración francesa (empirismo inglés, racionalismo, iluminismo), y en el otro ángulo se sitúan los de inspiración comunista o socialistas marxistas, excluyéndose a los del radicalismo de derecha o fascistas, los de inspiración cristiana emergen en un punto x distante de éstos y de aquellos, con peso especial los de orientación católica.

Tanto como la base social de actuación de los partidos liberales lo fueron, entonces, la burguesía urbana, clases medias, las propiedades del campo y todo aquello que transforme los bienes en capital para el desarrollo – se erró, por cierto, al culpárseles de las desviaciones del capitalismo -, en el caso de los partidos demócrata cristianos estos pusieron su énfasis en la componente popular, en los estratos menos privilegiados de la población ante la dramática explosión de la revolución industrial; que, como lo hemos dicho y lo recuerda ahora la encíclica de León XIV, es el contexto de las cosas nuevas que dan pie a la doctrina social de la Iglesia.

El momento histórico de cada partido de inspiración cristiana, dominantemente........

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