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Crónicas de Facundo: La fractura de Occidente

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19.04.2026

En el remoto mundo homérico, como lo revela Aristóteles, la primera teoría ética dice que «somos los que hacemos». Es decir, la libertad nuestra llegaría, como noción, hasta la posibilidad de lo humano. Hasta lo necesario para que el ser humano, que entonces reduce la vida a la muerte, el destino, a la fama, al esfuerzo como fronteras que sujetan a la pasión, alcance realizarse en la plenitud de lo humano.

Pero al cabo, en esa realidad en la que priva lo heroico, la épica, en una pulsión entre el eros y el thanatos, entre el conservar la vida o provocarse la muerte, diría Sigmund Freud, la acción individual hace fluir consecuencialmente la convivencia entre los seres aislados. Esto lo explica Emilio Lledó, de modo que la determinación de ese ethos colectivo pasa a ser la obra del hacer individual, justificándose. 

Así, el valor de la libertad individual se sostiene, dentro de dicha perspectiva, en tanto que representa la lucha agonal de cada ser humano para incorporarse, para ser aceptado por el conjunto al que aspira pertenecer o le otorga identidad. Y esa es, podría decirse, la matriz remota de la civilización en Occidente, cuyos causahabientes, como lo afirmaba angustiado el fallecido Papa Ratiznger, se avergüenzan de sus raíces; al punto que, en nombre de una acusada libertad – incluso de cara al integrismo musulmán que avanza sobre ella – destruyen su memoria, reiniciándola, y la estatuaria que la sostiene la tiran abajo, como suertes de adanes. 

Lo que sorprende, sí y en nuestro caso, a saber, el que motiva esta consideración, es advertir ahora, en el marco de la deconstrucción que avanza y toca al conjunto de las instituciones políticas y sociales occidentales – a la nación que somos y a las repúblicas que nos hemos dado, es la ausencia de una verdadera comunidad cultural como común denominador; capaz de sostener a las primeras, como lo hacen las civilizaciones china e hindú, tanto como la islámica mencionada.

Reparo, entonces, que, más allá del choque de civilizaciones que predica Samuel P. Huntington en 1996, al señalar que los conflictos ideológicos darían paso a otro muy distinto entre las culturas y las religiones, lo que sí se advierte y presencia es un choque frontal entre los occidentales; ello, al punto de profundizarse una quiebra en el denominador común que los legaran las grandes tradiciones, la judía y la cristiana, la griega y la latina. 

Consideremos, en primer término, que tratándose del Mundo Nuevo colombino, a lo largo de su reconfiguración y pasados los descubrimientos, la interacción desde sus extremos norte hasta el sur – desde el ártico hasta el subantártico – en ese gran mediterráneo que forma el atlántico, da cuenta del trasiego de mongoles y asiáticos por Groenlandia; luego, la incidencia francesa y anglosajona en el norte de las Américas, mientras que el centro y el sur beben en las fuentes de la Hispania romanizada y goda, Brasil, de historia distinta, se aproxima al mundo africano, mirándose el uno al otro apenas separados por un punto aislado, la isla de Santa Elena, donde, por cierto, fallece Napoléon en 1821, un gran integrador cultural y polémico, que por medio de las armas moderniza, bajo los ideales franceses, la organización jurídica y administrativa en los territorios conquistados.

El asunto que motiva y anima en nosotros la cuestión anterior es que, a primera vista, juzgándosela como de trinchera y en las circunstancias de grave tensión que vive Occidente bajo la administración del presidente Donald Trump, ocurre un reacomodo global e inevitable de potencias o de fuerzas ordenadoras tras el agotamiento de orden que le aportó al mundo el Sistema de Naciones Unidas, construido en 1945 sobre la tragedia del Holocausto. 

Observamos dos variables que, vistas de conjunto son muy decidoras sobre la percepción que acerca de Occidente hemos descrito anteriormente y las titulan estas apuntaciones. Por una parte, más allá del debate jurídico bizantino acerca del respeto o no del Derecho internacional formalmente en vigor – sólo formal y nominalmente, por incapaz de conjurar el flagelo del crimen........

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