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Problemas en el paraíso

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02.05.2026

A semanas de la inauguración del Mundial de futbol, la FIFA celebró su 76º Congreso en Vancouver. Lo que debía ser un preludio festivo —la antesala natural del mayor espectáculo deportivo del planeta— terminó convertido en una arena política donde el balón dejó de ser el centro.

Durante décadas, la Copa del Mundo funcionó como una anomalía afortunada: un espacio donde, pese a los miles de millones de dólares en juego, lo esencial seguía siendo el futbol. Televisoras, plataformas digitales, patrocinadores, federaciones y jugadores integran una maquinaria global perfectamente aceitada, pero incluso dentro de ese engranaje persistía una idea simple: durante un mes, el mundo podía concentrarse en algo que no fuera conflicto.

No es algo menor. Entre 3,700 y 4,000 millones de personas siguen este deporte; más de 270 millones lo practican y cerca de 130,000 lo hacen de manera profesional. El Mundial representa, en ese contexto, una tregua simbólica: la posibilidad de que el “jogo bonito” —ese ideal que Pelé convirtió en narrativa universal— se imponga, aunque sea de forma momentánea, al ruido del poder.

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© El Heraldo de México