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Condenados a los taxis del aeropuerto

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A los visitantes extranjeros que vengan a disfrutar del Mundial a tierras chilangas los van a recibir un aeropuerto con manita de gato, pero inconfundiblemente bananero; una respetable cantidad de baches, incluso cuando el gobierno local le meta al acelerador en las semanas que faltan a lo de curarle las marcas de viruela a esta ciudad, y, sin remedio, los taxistas de ambas terminales.

Lo acaban de avisar, por enésima vez, los encargados del Benito Juárez. Los taxis por aplicación, o sea, Uber, Didi y compañía, no podrán recoger pasajeros, amparo del juez o no amparo del juez, como ahora tienen, porque ya les pusieron una etiqueta que en México se usa para todo, porque significa cualquier cosa, o ninguna, o, más que nada, lo que decida el que la puso. La etiqueta es “irregulares”.

No son los aeropuertos mexicanos —porque el problema es nacional— los únicos que ceden ante las organizaciones de taxistas y someten a los conductores de los coches de aplicación, que no: no son “irregulares”, y de hecho obedecen reglas bastante rigurosas, a una competencia perfectamente injusta.

Sin embargo, en Nueva York, Madrid o Londres, por decir, los taxis funcionan con filas ordenadas, los encuentras en cantidades suficientes para el número de pasajeros que pasan por ahí, usan aplicaciones para llevarte a tu destino y aceptan pagos con tarjeta.

En México, tu experiencia con los taxis de aeropuerto puede ir de las tres horas de espera, por la saturación del servicio, casos de Guadalajara a Monterrey, a una conducción atroz y riesgosísima, a las prácticas abiertamente gangsteriles de, por ejemplo, la base de Cancún, conocida por los cobros delirantes, las golpizas a pasajeros que se niegan a ser desfalcados y los linchamientos a la competencia.

En el Benito Juárez, la cosa es más leve: solamente precios que duplican el del Uber, taxistas sin educación e incapaces de prender Waze, para que les vayas diciendo “hay que dar vuelta a la izquierda en la esquina, por favor”, en plan años 80, y, también, filas interminables y desorganizadas que pueden durar un par de horas.

Pero, de nuevo, en contra de los intereses de la mayoría y de los derechos de los conductores por aplicación, que pagan una buena lana en impuestos, el gobierno federal ha decidido proteger a una corporación incompetente y extorsionadora, suponemos que como recompensa por bloquear las dos terminales del aeropuerto y golpear a los policías que intentan moverlos, y háganle como quieran.

Probablemente, haya que cambiar el marketing con los visitantes al Mundial. En vez de venderles un paraíso que claramente no existe, hay que venderles una experiencia inmersiva. “Ven y experimenta la auténtica vida de un chilango. Welcome to Mexico City, la Ciudad de la Esperanza”. Ah, perdón. No: “La Ciudad de la Utopía”. 


© El Heraldo de México