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La guerra de las mentiras

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La era de la saturación informativa provoca confusión. ¿A quién le creemos? ¿Quién entiende lo que está pasando en Medio Oriente? ¿Cuándo terminará la guerra? ¿Cómo verificamos si los contenidos difundidos en las redes sociales son reales? 

Quienes se dedican a comprobar la veracidad de la información van siempre un paso atrás de las agencias o las entidades que trabajan en el negocio de la distorsión. Siempre ha sido más fácil destruir. 

La alfabetización mediática contribuiría a que el ciudadano no compartiera noticias falsas. Al ser un tema árido -en el cual la academia no ha logrado convencer a los consumidores de que no todo lo que reciben es verdadero- nos enfrentamos a una guerra virtual en la que, como siempre, se intenta propagar la mentira más grande. 

Somos testigos mudos del encumbramiento de la polarización y de la erosión de la democracia. Thomas Rid advierte en su libro Desinformación y guerra política: “a medida que se vuelve más difícil diferenciar entre hechos y no hechos, también resulta más fácil distinguir entre amigos y enemigos. La línea entre la verdad y la mentira es una continuación de la línea entre la paz y la guerra, tanto a escala nacional como internacional”.

Lo que menos se esperaría en el siglo XXI, el siglo de los avances científicos, es una guerra tribal. Una confrontación entre poderes que garantiza la mutua destrucción. El espectáculo terminará pronto y aterrizará en nuestros bolsillos, en el medio ambiente y acumulará un pasaje más en los archivos históricos de la ignominia. El New York Times publicó hace un par de días que “Asia ya se alista para el corte total de gas” (usará sus reservas de carbón). 

Las imágenes de los bombardeos y el show de las armas sofisticadas (drones, misiles, escudos, la precisión de la Inteligencia Artificial) son mero artificio, no ofrecen perspectiva de lo que ocurre con la población. Para entender un conflicto armado hay que recuperar las palabras que Robert Fisk escribió en su libro La gran guerra por la civilización. La conquista de Oriente Próximo (sí, el mismo lugar): “Los civiles entre los cuales vivía y trabajaba estaban obligados a padecer los bombardeos, a ver diezmadas sus familias por el fuego de artillería y las incursiones aéreas (…) Si yo quería irme, si me cansaba de los horrores que veía, podía hacer la maleta y volver a casa en clase business (…) Por eso siento vergüenza ajena cuando alguien suelta un rollo psicológico acerca del trauma que supone cubrir guerras”.

POR DANIEL FRANCISCO  PROFESOR DE LA FACULTAD DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES DE LA UNAM @DFMARTINEZ74


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