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Lecciones tras la muerte de El Mencho

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26.02.2026

Hasta el mediodía de ayer miércoles 25 de febrero —no sabemos si el “CJNG” recurrirá a más ataques contra la población— podría decirse que con la muerte de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes se tambalean varios mitos: que tocar a un jefe de una organización criminal es desatar el apocalipsis; que el descabezamiento de los cárteles multiplica la sangre inocente; o que es mejor administrar el horror que enfrentarlo. Al menos el operativo federal del domingo pasado, pese a sus 58 muertos (30 criminales, 27 uniformados y una civil), nos dice que el Estado puede golpear con precisión, asumir costos y sobrevivir al impacto.

La segunda lección puede sonar inverosímil en este momento de tensión, pero la leyenda de que el CJNG es invencible pareciera estar inflada con la misma lógica con la que se producen los narcocorridos y los videos bélicos de propaganda. Su poder de fuego existe, sin duda alguna. No en balde azota a México con “la cuota”. Pero una parte también es performance. Bien dicen que la violencia como espectáculo necesita de un auditorio que la crea omnipotente. Por ahora queda esperar la reacción del cártel. Los futuristas aseguran que se viene una escalada de ataques en represalia. Una fuente gubernamental, sin embargo, augura que el CJNG preferirá seguir con sus negocios ilícitos a enfrentarse al Estado mexicano.

Una tercera lección es mediática: la participación del Comando Norte ha provocado que la prensa mexicana lo confunda con una agencia de inteligencia estadounidense. El Comando Norte depende de la Defensa de los Estados Unidos y es igual de injerencista que la DEA, la CIA o el FBI. Surgió tras los ataques de Al Qaeda en 2001 y responde a otra lógica de seguridad regional de Norteamérica y El Caribe. No es una invención de Trump como algunos periodistas aseguran.

La cuarta lección tiene que ver con el ánimo público. Hubo un tiempo —el del sexenio de Felipe Calderón— en que la presencia del Ejército en las calles era rechazada. Hoy, con todas las reservas que implica cualquier operación armada, la reacción social es distinta: hay respaldo. Algo cambió en la relación entre los civiles y los soldados.

La quinta lección toca a los ‘opinólogos’. La conversación pública se llenó de análisis exprés y predicciones, escritos por la urgencia de no quedarse fuera del trending topic. Opiniones sin datos, sin pudor y sin respeto para los pobladores afectados por los bloqueos. En medio de ese barullo, además, la prensa de derecha enfrentó un dilema incómodo: o fue incapaz de distinguir la operación de desinformación que orquestó el propio cártel o decidió amplificarla y ser cómplice.

La sexta lección es histórica. No estamos en la guerra de Calderón, aunque algunos insistan en usar ese molde. Aquel conflicto, hay que recordarlo, nació con la sospecha permanente de que se favorecía al Cártel de Sinaloa y de que los operativos no eran estrategias sostenidas. Hoy, el gobierno de Claudia Sheinbaum, heredero de la doctrina de AMLO, reajusta los abrazos y los balazos.

La fuente gubernamental me dice: "Con Andrés Manuel los militares traían puesto el seguro del gatillo, incluso cuando los estaban matando. Con la Presidenta tienen la orden de defenderse". No, no hemos vuelto a la guerra de Calderón. No estamos en un estado de excepción. Estamos en un momento en que el gobierno apuesta a que el uso legítimo de la fuerza, acotado y estratégico, sea el desmontaje de una estructura. Queda por ver si esa apuesta se sostiene en el tiempo.

La lección final es quizá la más difícil de procesar: que el Estado mexicano puede enfrentar a un poder criminal. Por primera vez en años, la discusión no gira en torno a la impotencia del Estado, gira en torno a su responsabilidad.

POR ALEJANDRO ALMAZÁN


© El Heraldo de México