México ante la tormenta energética de Asia
En México solemos hablar de seguridad energética como si se tratara únicamente de Pemex, del precio de la gasolina o del monto de la factura eléctrica. Hoy esa visión ya no alcanza. La guerra en Medio Oriente entre Estados Unidos, Israel e Irán ha vuelto a poner sobre la mesa una verdad incómoda: la energía no solo mueve autos y refinerías; también mueve cadenas globales de valor, rutas marítimas, seguros, fletes y, en consecuencia, la competitividad industrial de países como el nuestro.
El Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo, se ha convertido otra vez en el cuello de botella más peligroso de la economía global. La propia Agencia Internacional de Energía ya habla de la mayor disrupción de oferta petrolera de la historia, con una caída prevista de 8 millones de barriles diarios en marzo.
El problema para México no es lejano ni abstracto. Nuestros principales socios industriales en Asia –Japón, Corea del Sur, China, India y, cada vez más, Vietnam– están entre los más expuestos al choque energético actual. Japón obtiene alrededor de 95% de su petróleo de Medio Oriente; Corea del Sur cerca de 70% de su crudo y 20% de su gas natural licuado; India elevó a 55% la proporción de crudo proveniente de esa región; y China obtiene aproximadamente la mitad de sus importaciones petroleras del Medio Oriente y cerca de un tercio de su LNG. En el Sudeste Asiático, gobiernos como el de Vietnam ya han comenzado a hablar abiertamente de diversificar abastecimiento y blindar logística ante la volatilidad.
¿Por qué eso debería importarle a México? Porque buena parte de los insumos estratégicos que mantienen viva a la manufactura mexicana vienen precisamente de Asia: maquinaria, componentes eléctricos y electrónicos, autopartes, equipo, químicos, telecomunicaciones y bienes de capital.
México sigue exportando hacia Estados Unidos más de 83% de sus ventas externas, pero al mismo tiempo depende crecientemente de importaciones asiáticas para sostener sus cadenas productivas; en la primera mitad de 2025, China ya representaba 20.1% de las importaciones mexicanas y Corea del Sur 3.7%, mientras que Vietnam fue uno de los orígenes de mayor crecimiento en importaciones mexicanas de equipo eléctrico y electrónico. En otras palabras: si Asia paga más cara su energía, su transporte y su aseguramiento marítimo, la industria mexicana también resiente el golpe, aunque el barril no se compre directamente en el Golfo Pérsico.
Aquí viene a cuento Fumo Chitai (2009), la serie japonesa en la que un exoficial regresa de Siberia y descubre que el nuevo campo de batalla no está en el frente militar, sino en la empresa, el comercio y la capacidad de asegurar recursos para reconstruir al país. Esa es, en el fondo, una metáfora poderosa del Japón de la posguerra y, sobre todo, del Japón que aprendió de la crisis petrolera de 1973.
Después del shock, Tokio entendió que la seguridad nacional no dependía solo de tener disciplina industrial, sino de garantizar suministros, diversificar fuentes, financiar proyectos energéticos en el exterior y respaldar a sus grandes casas comerciales. Japón fortaleció una política integral para reducir su dependencia petrolera, diversificar hacia LNG, carbón y otras fuentes, y construir reservas estratégicas; hoy mantiene inventarios de emergencia equivalentes a 254 días de consumo.
La gran lección japonesa, esa que retrata Fumo Chitai, es que en tiempos de crisis no sobrevive el país que grita más fuerte, sino el que organiza mejor su abastecimiento. México debe entender que la energía ya no es solo un asunto de soberanía petrolera, sino de soberanía industrial. Y esa soberanía comienza por algo muy simple: asegurar que, aun cuando el mundo arda, nuestra fábrica siga encendida.
