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Los mundos perdidos

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13.06.2026

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La muerte de un ser amado nos recuerda, con una dureza para la que nunca estamos preparados, que cada conciencia alberga un universo irrepetible. Y cuando la vida es piadosa, apenas nos deja el consuelo de una despedida digna. Hay una forma serena de gratitud en saber que quienes amamos no tuvieron que recorrer el largo corredor de dolor que la agonía de la muerte les reserva a tantos.

La muerte llega, pero la vida sigue, indiferente, en su curso inmutable. Desde el origen del tiempo hasta nuestras primeras experiencias conscientes, no transcurre ni un segundo. Durante ese vacío inconcebible, el universo permaneció allí, silencioso e indiferente a nuestra ausencia. Y acaso, cuando la conciencia se apaga, el tiempo vuelve a contraerse hasta un punto sin dimensiones, como si regresáramos al mismo misterio del que una vez emergimos.

Somos seres finitos. Todo lo es, incluso el universo mismo. Nos entristece que nuestro ser querido ya no participe de la fiesta de la vida. Pero el hoy, el ayer y el mañana no son más que una ilusión persistente. El tiempo es, quizá, solo un artificio de la memoria, una tenue ficción levantada contra el caos de la experiencia; un........

© El Espectador