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Una familia de locos

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02.03.2026

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Mi hermana Carolina, dos años mayor que yo, avezada inversionista, adicta al dinero, está enojada porque no le he regalado mi más reciente novela Los golpistas. Su enfado me ha sorprendido gratamente, pues no imaginé que ella tendría curiosidad por leer esa novela, o alguna de mis novelas. Quiero decir, nunca le he regalado mis libros, y no por mala leche o rencor justiciero, sino porque ella no perdería su tiempo leyéndolos. Sin embargo, ahora ha protestado porque he obsequiado mi nueva novela a todos mis hermanos, siete varones en perfecto estado atlético, y en permanente estado de gracia, pero no a ella, de pronto interesada en mis desvaríos literarios, y ya no tanto en las erráticas fluctuaciones de la Bolsa de Valores, donde se juega la vida entera.

Según he sabido por intrigas familiares que vuelan mucho más deprisa que los aviones, mi madre Dorita, una santa, a pocas semanas de cumplir ochenta y seis años, se ha reconciliado con Carolina, su única hija viva, después de una guerra fría entre ambas que ha durado años, y me ha dejado saber, por apremiantes mensajes de voz enviados al celular de mi esposa, que he obrado mal al no regalarle un ejemplar de Los golpistas a mi hermana Carolina, y que, al privarla de ese obsequio de dudoso valor, la he humillado y discriminado, y que, para resarcirla del daño que le he infligido, debo hacerle llegar no tan solo un libro, sino unos cinco o seis, de modo que Carolina pueda repartirlos como fruta fresca entre sus amigas y sus amantes.

No fue olvido ni descuido por mi parte que no le remitiera la novela de marras a mi hermana. Fue una decisión cierta y segura, exenta de dudas. Pensé: Carolina no lee novelas, no tiene sentido que le sugiera leer mi novela, no la leerá, se la regalará a un enemigo. Pero, sobre todo, pensé: Carolina no merece ese regalo ni ninguno por la guerra fría que le declaró a nuestra madre. Al pensar esas cosas, yo asumía que dichas refriegas y escaramuzas continuaban y que mi madre y mi hermana no se veían ni se........

© El Espectador