La ficción de la democracia
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Uno de los grandes pegamentos que mantiene unida a la humanidad, al menos en Occidente, es la idea liberal de la democracia y, por defecto, la democracia liberal. Ese pegamento puede ser concebido como una suerte de ficción; una ficción de tal envergadura que ha prometido compartir ciertas bases y parangones que permiten una visión común de la democracia como creencia trascendental.
Es curioso, porque las ficciones son construcciones que suelen dar sentido a las condiciones que nos dotan de perspectivas de continuidad. Y eso tiene mucho que ver con que somos el único animal que sabe que morirá y, probablemente por ello, el único que ha construido ficciones colectivas permanentes alrededor de ese destino. Las religiones son una de ellas, pero también lo son los Estados, las naciones, el dinero, los sistemas económicos y, por supuesto, la democracia. Son dispositivos que creemos, que reproducimos y que, al hacerlo, nos permiten definirnos.
Las ficciones y nuestra fe en ellas nos permiten estabilizar y domesticar, de cierta forma, las pasiones que más nos inquietan. Así, durante siglos hemos podido sobrevivir y pervivir como una especie capaz de surfear distintas formas de coexistencia. Hemos construido ficciones sobre los dioses, sobre el dinero, sobre la propiedad, sobre la nación y sobre la política. Algunas han desaparecido; otras se han transformado; otras han conseguido sobrevivir cambiando de nombre, de forma o de contenido.
Esto quiere decir que toda política es ficción, pero no toda ficción es política. Es más, casi nada vendría siendo político. Solo lo político. Y rara vez se entiende esto.
La ficción política tiene una particularidad y es que necesita ser compartida. Una ficción individual puede ser una creencia, mientras que una ficción colectiva puede........
