menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Cincuenta años amaneciendo con nosotros

5 9
20.02.2026

Hay muchos sonidos que marcan la infancia. En mi casa, uno de ellos era el golpe seco del periódico contra la puerta. Era la señal de que el día comenzaba y de que el mundo, ese mundo más allá de nuestra calle, ya estaba impreso y listo para leerse.

Durante cincuenta años, Diario de Juárez ha sido más que un medio de comunicación: ha sido compañero de mesa, testigo silencioso de desayunos apresurados y confidente de sobremesas largas. En mi memoria, lo veo puntual, doblado con precisión, esperando sobre la cocina mientras mi madre preparaba el desayuno y le acomodaba a mi papá su mesita en la cocina. Él leía con atención, entendiendo que cada noticia era una pieza indispensable para comprender lo cotidiano, el rumbo de la ciudad y del mundo. A veces leía en voz alta alguna noticia de interés; otras, simplemente en silencio, sabiendo que ese momento era solo suyo. Y así aprendimos en familia a escuchar el crujir del paso de las hojas entre las manos y a percibir el olor inconfundible de esa tinta fresca que se mezclaba con el aroma del café recién hecho.

Desde niña aprendí que el periódico no era un objeto decorativo: era una herramienta. Me sirvió para hacer tareas, para buscar datos, para recortar sílabas e imágenes y entender palabras nuevas.

Antes de que todo estuviera a un clic de distancia, estaba el ritual de hojear, subrayar, doblar la esquina de la página importante. Había secciones que tenían un encanto especial: la de espectáculos y sociales nos permitía asomarnos a los eventos de glamour de las “presentaciones en sociedad” en el Casino Juárez, el Casino Leonístico y el Campestre; aquellas quinceañeras con vestidos de ensueño de los años 80, que ocupaban toda la sección. Nos permitía también entrar al mundo de los clubes, a los eventos que marcaban la vida pública, las tradiciones sociales con bailes de etiqueta e invitados distinguidos.

Los domingos, la página del suplemento dominical era territorio en disputa: mis hermanos y yo competíamos por leerla primero, entre risas y pequeñas rivalidades. Las tiras cómicas que incluían a “Popeye”, “Archie”, “Periquita” y “Phantomas” eran la manera de inaugurar el día con una sonrisa. Antes del bullicio y las obligaciones, ahí estaban, desplegadas entre las páginas aún tibias del periódico, esperando ser leídas con calma.

Pero el periódico no terminaba en las caricaturas. Después de la risa venía el recorrido por otras páginas que también formaban parte de lo cotidiano. Cada sección tenía su propio encanto y su propio momento sobre la mesa, tanto en el día de descanso como en los otros días de la semana.

Nunca he entendido por qué siempre me gustaron las esquelas, los obituarios, esa parte solemne que nos enseñaba, incluso sin proponérselo, la dimensión humana de la comunidad: los nombres conocidos, las familias, la despedida respetuosa.

Más adelante, en la juventud, el periódico se convirtió en un aliado práctico. Los avisos clasificados eran brújula cuando buscábamos trabajo, casa o algún servicio. Allí, entre líneas pequeñas y abreviaturas, se tejieron grandes oportunidades para muchos.

Pero El Diario no solo ha narrado la vida de los juarenses: ha generado vida económica. Durante cinco décadas ha sido fuente de empleo para reporteros, fotógrafos, diseñadores, personal administrativo, impresores, repartidores y voceadores. Es imposible hablar de su historia sin pensar en esas mujeres y esos hombres que, de madrugada, distribuyen ejemplares bajo el frío o el calor extremo de nuestra frontera. Los voceadores forman parte del paisaje urbano tanto como los semáforos y las avenidas; su voz anunciando la edición del día es también patrimonio sonoro de la ciudad.

En estos cincuenta años, El Diario ha acompañado momentos luminosos y etapas difíciles. Ha informado en tiempos de bonanza y en periodos complejos para la frontera. Ha abierto sus páginas a la opinión, permitiendo que ciudadanos, académicos y voces diversas reflexionemos sobre lo que somos y lo que aspiramos a ser. Para muchos —me incluyo— escribir en sus páginas ha significado ejercer el derecho a pensar en público, dialogar con la comunidad y dejar constancia de nuestras inquietudes.

Un periódico es, en el fondo, un espejo. Y durante medio siglo, El Diario de Juárez ha reflejado las transformaciones de la ciudad: su crecimiento, sus retos, sus celebraciones, sus duelos. Cada ejemplar ha sido una cápsula del tiempo que hoy permite reconstruir quiénes hemos sido.

Celebrar cincuenta años no es ver únicamente hacia atrás con nostalgia. Es reconocer la importancia de un medio que ha sabido adaptarse, que ha transitado del papel a lo digital sin abandonar su vocación de servicio. Es agradecer la puntualidad de aquel ejemplar que llegaba a casa y que, sin saberlo, sembró en muchos de nosotros el hábito de leer, informarnos y participar.

Porque, más allá de la tinta y el papel, El Diario ha sido y sigue siendo una conversación diaria entre la ciudad y sus habitantes. Y mientras exista esa necesidad de contarnos, de comprendernos y de construir memoria, habrá razones para que cada mañana alguien espere, todavía, el sonido del periódico anunciando que un nuevo día comienza.

Enhorabuena a nuestro periódico. Gracias al Sr. Rodríguez Borunda y a nuestros editores por la generosidad de abrir sus páginas y recibir con respeto nuestra manera de pensar.


© El Diario