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Un villamelón enamorado

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21.09.2026

Ciudad de México –A los cuatro vientos lo proclamo, y si más vientos hubiera también a través de ellos lo proclamaría. Soy devoto feligrés de esa antigua y misteriosa liturgia que es la fiesta de toros. Lo soy desde muy niño, desde que me padre me llevó a la corrida en que se despidió el Maestro de Saltillo, don Fermín Espinosa, Armillita. Mi papá, mi madre, mi hermano mayor y yo ocupamos cuatro barreras de primera fila. ¿Cómo pudimos darnos ese lujo, accesible sólo a los ricos de la ciudad por lo caro de los boletos para aquel festejo?

Don Mariano Fuentes era un modesto empleado de oficina, tenedor de libros -entonces no se llamaban contadores- en el molino de trigo Eureka. Sucedió que se había construido para la ocasión una plaza de toros hecha de madera. A fin de probar su resistencia se llenaron los tendidos con bultos de harina suministrados por la empresa donde mi padre trabajaba. Le........

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