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Las comparaciones no siempre son odiosas

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19.07.2026

Billetes, monedas, euros, euro, dinero / EUROPA PRESS - Archivo

No sé ahora, pero las madres de mi generación nos dijeron que compararse con otros es de mala educación. Sin embargo, los economistas tenemos la fea costumbre de estar siempre comparando y detectando diferencias entre personas o lugares.

Nos interesa saber qué parte de la población es más pobre, quiénes tienen un nivel educativo u otro, cómo contribuyen las personas a la hacienda, si las mujeres y los hombres tienen diferentes tasas de actividad, empleo y paro, y así indagamos en aspectos que reflejan diferencias sociales importantes. Además, nos preguntamos por las razones que explican esas diferencias e intentamos elaborar políticas para reducir las que la sociedad considera injustas.

También comparamos lugares. Nos preguntamos qué países o regiones son ricos y cuáles pobres, calculamos su actividad económica y nos preguntamos por las razones de las diferencias. Además, nos interesa la convergencia, esto es, si entre dos países o regiones la diferencia de la actividad económica va incrementándose. Por ejemplo, siempre estamos comparando el PIB per cápita de Canarias con el de España y la Unión Europea, para hacernos una idea de si nos vamos acercando a los que viven mejor, y entonces nos preguntamos cuáles son las razones de la divergencia. Algunas personas saldan la cuestión señalando la existencia de diferencias de productividad. Y, sin embargo, la cuestión es mucho más compleja.

Nos interesan comparaciones con nuestro pasado y con lo que ocurre en otras economías. De esta suerte, mirando hacia atrás, detectamos tendencias fuertes que marcan el futuro, a las que llamamos ‘rinocerontes grises’, ciclos que se repiten con diferentes niveles de intensidad. Comparando unas economías con otras situamos las pautas de inserción internacional, y podemos establecer tipologías útiles para establecer estrategias de éxito.

Todo esto viene a cuento del interesante........

© El Dia