Jonathan Haidt y la generación que enviamos a Marte sin salir de casa
Suena el teléfono. Un millonario al que no has visto en tu vida te dice que tu hija de diez años ha sido elegida para vivir en Marte, con la primera colonia de niños del planeta rojo. Para siempre. Antes de contestar, párate un segundo: nadie sabe qué le pasa a un niño que crece allí, sin la gravedad ni el aire ni el escudo de la Tierra, porque no se ha hecho nunca. ¿La subes a esa nave?
Ningún padre lo haría. Y sin embargo, dice el psicólogo Jonathan Haidt, ya lo hemos hecho. Hemos mandado a toda una generación a Marte sin salir del salón de casa. El planeta se llamaba móvil.
Así arranca La generación ansiosa, el libro que lleva más de dos años arrasando en medio mundo y que ha metido este debate en cada casa con hijos. Su idea es sencilla y da miedo: a principios del año 2010, la cabeza de los adolescentes se vino abajo de golpe —ansiedad, depresión, chicos y chicas haciéndose daño, sobre todo ellas— justo cuando el móvil y las redes entraron en su infancia. Cambiaron una infancia de jugar en la calle por una infancia de pantalla. Y algo se rompió.
Llevo meses trabajando en un programa de televisión sobre la salud mental de nuestros adolescentes. Hay un dato crítico que acaba de publicar la Fundación ANAR: en 2025, 18 menores llamaron cada día a su línea de ayuda con una idea: la de no seguir. 18 al día. Uno cada 80 minutos. Mientras preparas la cena, mientras llevas a los niños al fútbol, mientras lees esto: cada 80 minutos, un niño de este país descuelga el teléfono porque no puede más.
Y aquí está algo muy relevante. Que ese niño, en su peor momento, hace algo extraordinario: pide ayuda. Descuelga. Marca. Habla. Contra el orgullo, contra la vergüenza, contra el «no molestes», ese adolescente hace lo más difícil que existe. Y eso —aguantar un minuto más, alargar la mano— es, en el fondo, de lo que va toda esta historia.
18 menores llamaron cada día a su línea de ayuda con una idea: la de no seguir
Porque la idea de Haidt que de verdad nos importa aquí es otra. Dice que hay cosas que no solo aguantan los golpes: se hacen más fuertes con ellos. Un músculo. Un hueso. El sistema inmune, que necesita pelearse con los microbios para funcionar. Y un niño. Un niño se hace fuerte enfrentándose a cosas difíciles: al aburrimiento, al riesgo, a caerse del árbol, a pelearse y resolver conflictos sin un adulto delante. Nosotros, con toda la buena intención del mundo, hemos hecho lo contrario: los hemos envuelto en algodón para salir a la calle y los hemos soltado solos en la pantalla. Les quitamos el esfuerzo pensando que los cuidábamos. Y al ahorrarles cada tropiezo, les quitamos lo único que los hacía fuertes.
Hay que ser justos: no todos le compran la teoría. Una reseña muy dura en la revista científica Nature le acusa de ir demasiado deprisa: que las cifras suban a la vez que los móviles no demuestra que los móviles sean la causa. El debate sigue vivo. Pero el mundo ya no espera a que se cierre: mientras escribo esto, un país tras otro saca el móvil de las aulas, y Australia ha prohibido las redes a los menores de dieciséis años, la primera del mundo en hacerlo.
Y por debajo de la pelea sobre las pantallas hay una pregunta más, que no va solo de adolescentes. Va de todos nosotros. Porque quítale a esta historia el móvil, y queda lo esencial: ¿qué hace fuerte a una persona? No el talento. No la comodidad. No que te protejan de todo. Otra cosa, mucho más silenciosa, que la ciencia lleva 60 años midiendo y que resulta ser la que de verdad cambia una vida: la........
