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"Sí, pero...": las dos palabras que usamos para no admirar a nadie

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17.07.2026

Una discoteca. Todo el mundo mirando. Un chico se acerca a ella y le suelta, muy seguro, que a él no le impone salir con alguien tan famosa. Espera un gracias.

Ella lo mira de frente y le avisa: los rumores van a correr más que nosotros dos. Quererme tiene un precio. Mañana seremos noticia.

La canción se llama Superestrella y es de Aitana, la artista española que suma más de 7 millones de seguidores entre Instagram y TikTok. Quédate con lo que hace ella en esa escena, porque es de lo más difícil que existe: ella brilla sin pedir perdón. No disimula quién es para gustarle más. Le dice la verdad, aunque no sea la que él quiere oír. Lo aprendió pronto: en cuanto destacas, el mundo se pone a buscarte el fallo.

Y para saber de qué habla basta con mirar mucho más cerca.

Un grupo de WhatsApp, un martes cualquiera. Alguien comparte la noticia: la han ascendido. Felicidades, enhorabuena, un par de aplausos. Diez minutos después, en el grupo pequeño, el de verdad, alguien lo escribe: “me alegro, ¿eh?, pero se lo tenía muy trabajado con el jefe”. En la oficina, un compañero presenta una idea brillante y el primer comentario de la reunión arranca igual: “está bien, pero...”. Al vecino le va de maravilla el negocio: “sí, pero ya veremos lo que dura”. Una mujer entra en una sala con esa forma de estar que no se compra, y en voz baja: “es guapa, pero se nota que está operada”.

Siempre hay un pero. Todos lo hemos dicho. Esas 4 letras hacen algo muy curioso: en lugar de añadir información, restan amenaza. Admirar a alguien sin reservas nos deja, un instante y casi sin quererlo, un escalón por debajo. Y el “pero” nos sube de vuelta. Es el precio que le ponemos a la gente por brillar delante de nosotros. Un peaje: el peaje del pero. Cuanto más brillas, más pagas. Y lo curioso es quién cobra: cobramos nosotros, los que nos quedamos mirando.

La pregunta de verdad es por qué necesitamos cobrarlo. Y la respuesta está en nosotros, no en la persona que brilla.

El “pero” no habla de ella. Habla de ti

Llevan veinte años haciendo la misma prueba de mil formas, y siempre acaba igual. Nos presentan a alguien y la cabeza le pone nota en dos casillas: cuánto vale y cuánto nos cae bien. Cuando alguien saca un diez en una casilla, le bajamos la otra sin darnos cuenta. Si es brillante, será fría. Si es encantador, será del montón. Nadie nos ha contado nada de esa persona. Lo fabricamos nosotros, de serie, para que las cuentas nos salgan.

El “pero”, en el fondo, es mucho más que una opinión: es un reflejo. Habla poco de quien tienes delante y mucho de ti. Te devuelve el equilibrio. Y tiene una ventaja más, la que lo hace tan adictivo: te deja rebajar al otro sin tener que mirarte a ti. Es mucho más fácil decir que va operada que admitir que te gustaría entrar en una sala así y captar todas las miradas. Más fácil juzgar su vestido que preguntarte por qué su seguridad te incomoda.

Salta porque vivimos comparándonos, y eso también tiene su lógica: la cabeza necesita referencias para saber dónde está, igual que un barco necesita ver la costa. Compararse es humano. Lo decisivo es lo que hacemos un segundo después, cuando la comparación duele. Porque ahí, justo ahí, cada uno hace una cosa........

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