El Madrid murió el día que Vinícius lo mató y nadie le puso en su sitio. Ahora, hay un problema
La temporada se ha acabado para el Real Madrid. Es una triste realidad para un equipo que está acostumbrado a ganar títulos y a pelear por los éxitos más grandes, pero a falta de un mes y medio para que acabe la competición, se esfumaron los sueños. El curso más ilusionante en años, salvo milagro de última hora (que no tiene pinta de suceder), se ha tirado por el retrete y, lo más doloroso, se ha roto un proyecto a medio-largo plazo para devolver al equipo a ese escalón de grandeza perdido en 2025. Todo el mundo sabe dónde se estropeó todo y ese, precisamente, es el problema más urgente de este Madrid.
A nueve puntos del Barça en Liga, con solo 7 partidos por jugar, parece evidente que este Madrid no tiene nada que hacer. Solo puede pelear por evitar una última humillación: que los culés sean campeones contra ellos en el Camp Nou. Sería el peor lazo posible a una temporada desastrosa, con muy pocas noticias buenas y donde todo se rompió, precisamente, ante el Barcelona en la primera vuelta. Vinícius lo rompió todo y, por más que ha intentado quitarle peso a aquel desaguisado, muchos aficionados le han cogido la matrícula y no olvidan. El brasileño hizo estallar al equipo por los aires.
Aquel día, nadie habló de la victoria del Madrid; aquel día, nadie habló del golazo de Mbappé, ni de la gran llegada desde segunda línea de Bellingham; aquel día, nadie habló del partidazo de Courtois; aquel día, nadie habló de que los blancos se ponían muy líderes, con cinco puntos de ventaja sobre el Barça más el golaverage; aquel día, nadie habló de que el Madrid había ganado 12 de los 13 partidos que había jugado; aquel día solo se habló de una cosa: de cómo Vinícius, en un arrebato infantil y narcisista, se marchó del campo gritando a los cuatro vientos que se quería ir del Real Madrid por ser sustituido.
Y todo se rompió. El Madrid se hizo añicos porque Xabi Alonso no tuvo autoridad para mandar al brasileño a la grada un mes por su absoluta falta de respeto. En lugar de castigar al jugador por su irreverente comportamiento, volvió a ser titular seis días después. Y el club nunca salió a dar la cara por su entrenador, al que dejó vendido ante el ruido mediático que despertó lo sucedido. Ese fuego no se apagó ni con el comunicado del brasileño pidiendo perdón, pues se disculpó con todo el mundo menos con el tolosarra. Otra falta de respeto más. Y el equipo se fracturó. Ya no volvió a ser lo mismo.
Ese entrenador moderno, llamado a liderar a un nuevo Madrid durante muchos años, dejaba el cargo tras perder la final de la Supercopa de España. Xabi quería un equipo que presionara alto, que corriera, recuperara en campo contrario, jugase a dos toques y fuese muy vertical. Se vieron solo chispazos de ese estilo, que no se prolongó en el tiempo por varias razones. Y una de ellas fue porque la plantilla dejó de creer en él. El episodio con Vinícius lo dinamitó todo, porque mandó un mensaje demasiado peligroso: un futbolista le ha ganado el pulso al entrenador. Alguien está por encima de todos.
Hoy quiero pedir disculpas a todos los madridistas por mi reacción al ser sustituido en el Clásico.Así como ya lo he hecho en persona durante el entrenamiento de hoy, también quiero pedir disculpas nuevamente a mis compañeros, club y presidente.A veces la pasión me gana por…— Vini Jr. (@vinijr) October 29, 2025
Hoy quiero pedir disculpas a todos los madridistas por mi reacción al ser sustituido en el Clásico.Así como ya lo he hecho en persona durante el entrenamiento de hoy, también quiero pedir disculpas nuevamente a mis compañeros, club y presidente.A veces la pasión me gana por…
"No pude conectar con él", decía el brasileño recientemente. La realidad es que Vinícius, sin los minutos ni el estatus de megaestrella que presuponía que debía tener, fragmentó la convivencia. Cada sustitución, cada exigencia en defensa, cada petición del entrenador era recibida con un mal gesto. Solo se hablaba del caso Vinícius y el club se puso de lado. La marcha del tolosarra y la llegada de Álvaro Arbeloa fue la solución. Se apagó un fuego y se perdió un entrenador de proyecto. Era un parche, una patada a seguir. Y ha salido como se esperaba: otro año en blanco, sin títulos y, de nuevo, con la necesidad de tomar decisiones de calado.
Se acabó la temporada para el Madrid y toca pensar qué se quiere para el próximo año. Y aquel enfado de Vinícius en el Clásico es el próximo problema porque, ¿qué entrenador va a querer fichar por el club sabiendo que, si vuelve a suceder algo así, nadie le va a proteger? Cualquier gran nombre que se les ocurra para ocupar el banquillo va a querer poder total en la parcela deportiva, donde querrá imponer su propia cuota de bajas y sus propios nombres en lo que a incorporaciones se refiere. O, por el contrario, el entrenador que llegue y acepte no tener ese poder sabe que llega para plegarse a los designios del club.
Ese es el verdadero problema al que se enfrenta el Madrid de cara al próximo curso. Un entrenador veterano, contrastado y reconocido a nivel mundial no estará dispuesto a poner su prestigio en manos de jugadores que se saben con poder. El técnico siempre debe estar por encima y es quien debe mandar. El enfado de Vinícius en el Clásico invirtió los papeles y el club se puso de perfil con su entrenador. De aquellos polvos vienen estos lodos. Y ahora toca tomar una decisión: un entrenador amigo de la plantilla, con Arbeloa como mejor posicionado, o alguien con poder transformador... si le dejan hacerlo.
Pero el aficionado no es tonto y sabe a la perfección de qué pie cojea cada uno dentro del Madrid. Al equipo le quedan tres partidos en casa y a muchos jugadores se les pueden hacer muy largos. Dos años en blanco son demasiados para una entidad acostumbrada a tocar metal. Y lo peor para el Madrid no es que se haya quedado lejos de todos los éxitos, sino que ha perdido a un entrenador para cinco o seis temporadas que podía haber transformado al equipo en ese club que hace un fútbol moderno y que muchos seguidores piden. Este verano toca, otra vez, tomar decisiones. El problema es que ya no hay margen para el error.
