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Trump y Netanyahu podrían arrasar Irán. Cambiar el régimen es más difícil

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03.03.2026

Hasta el sábado pasado, cuando la CIA pasó al ejército israelí su ubicación exacta, y este la bombardeó, Alí Jamenei era el dictador más longevo del mundo. Su predecesor, Ruholá Jomeini, el primer Líder Supremo de la República Islámica de Irán, estableció en 1979 las bases del régimen. Represión brutal contra toda forma de disenso. Sumisión de las mujeres. Un nacionalismo basado en el odio a Israel y a Estados Unidos. Intervencionismo en el exterior mediante milicias. Cuando Jomeini murió, en 1989, Jamenei no contaba con las credenciales religiosas para sucederle que exigía la Constitución, pero el núcleo más duro del régimen le eligió igualmente. En los más de 35 años en que gobernó, exacerbó la opresión y la tortura, las trampas electorales, la corrupción y la financiación del terrorismo. A finales del año pasado, ordenó una nueva oleada represora contra quienes se manifestaban por el pésimo estado de la economía. Las fuerzas de seguridad mataron a unas 6.000 personas. El mundo es mucho mejor sin él.

Pero, ¿y ahora? Donald Trump y Binyamin Netanyahu no han promovido esta guerra porque Irán hubiera planteado una amenaza inminente contra Estados Unidos e Israel. Ni porque su plan para hacerse con armas nucleares hubiera avanzado hasta llegar a un punto crítico. Sino porque tras los bombardeos del verano pasado, a los que el Gobierno iraní apenas pudo responder, y las protestas masivas de hace unos meses, han detectado que el régimen es más débil que nunca.

Ambos han dicho que desean un cambio de régimen, pero Trump ha afirmado que, aunque sus bombardeos destruyan la cúpula de la élite actual, la tarea de derrocar al Gobierno y sustituirlo por otro más benigno corresponde al pueblo iraní, y que él no piensa mandar soldados al país.

Ganar la guerra es fácil

Pero ese cambio de régimen es increíblemente difícil. A Trump le gustan los ataques relámpago, pero la tarea requeriría, probablemente, bombardeos y otras acciones prolongadas en el tiempo. Estados Unidos no tiene demasiada munición para ello, y la opinión pública americana tampoco parece dispuesta a aprobarlo tras las reiteradas promesas de Trump de que no iba a generar más guerras. El régimen iraní, además, siempre contempló la posibilidad de ataques como los del fin de semana pasado, y tiene planes de sustitución del liderazgo, por lo que la estrategia de decapitación no bastará por sí misma. Además, la Guardia Revolucionaria —la institución encargada de la defensa del sistema, formada hoy por 200.000 efectivos y que controla una parte enorme de la economía del país— seguirá disponiendo de una brutal capacidad represiva. Y por mucho que en los últimos meses Occidente haya querido ver en el hijo del sah un potencial líder, y que la mayoría de iraníes ya sean indiferentes u hostiles a la odiosa retórica de los ayatolás, en el país la oposición sigue dividida, carece de armas y es difícil imaginarla organizándose para controlar el país.

Además, la experiencia de Estados Unidos promoviendo los cambios de régimen en la región ha salido casi siempre mal. Muchos iraníes piensan aún en los precedentes de Irak y Afganistán: la posibilidad de que los ataques no generen tanto un cambio de régimen como un periodo de ingobernabilidad y caos. Irán es un país enorme, con noventa millones de personas, que cuenta con minorías étnicas que tienen prioridades políticas muy distintas, cuya economía es muy precaria y en la que hay una fuerte rivalidad entre la Guardia Revolucionaria y el ejército.

Ayer Ángel Villarino explicaba las probables causas de que Trump haya decidido hacer caso de Netanyahu y embarcarse en esta guerra: aumentar su popularidad, controlar aún más los flujos de petróleo, derrotar a un enemigo histórico o dar a Israel la protección definitiva que siente que necesita. Incluso aunque mezcláramos esos argumentos, como proponía Villarino, resulta difícil entender cuál es la estrategia para alcanzar un cambio de régimen. Ganar la guerra es un objetivo militar fácil de cumplir ante la debilidad de Irán, pero el cambio de régimen es un objetivo estrictamente político y mucho más complejo. Quizá Trump y su equipo sienten un exceso de confianza tras su éxito en Venezuela y la rápida transición que están forzando en Cuba. Quizá esperan que una fragmentación de las élites iraníes dé paso a una transición interna que genere un liderazgo más flexible con Estados Unidos e Israel. Quizá se crean de verdad que la gente saldrá a la calle, entrará en los edificios oficiales y derribará lo que quede de una dictadura de cincuenta años. Quizá al final decidan mandar soldados, aunque eso parece poco probable.

Pero el cambio de régimen, por deseable que sea, parece aún un objetivo muy lejano. Después de dos décadas intentando rehacer el orden de Oriente Medio, Estados Unidos debería saber muy bien que es mucho más fácil destruir algo odioso, como Jamenei, que construir un sustituto aceptable.


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