Los nuevos ofendiditos de Vox
Abascal se ha ofendido. Tantas ganas de enfadarse tiene siempre el líder de Vox que se ofende hasta cuando le dan la razón. El PP le ha cambiado las líneas rojas por la alfombra roja, pero Abascal está tan acostumbrado a indignarse que protesta de oficio. Dice que Feijóo le trata como a un salvaje. ¿Por qué? Pues porque Génova ha dejado escrito en un decálogo que pretendía ser reconciliatorio que ahora están dispuestos a negociar con Vox casi cualquier cosa para formar gobiernos. ¿Y cuál es el casi? Siempre y cuando entre dentro de la legalidad, que es como reconocer que tragan con casi todo a cambio de que les dejen formar gobierno. De momento, en Extremadura y Aragón, pero Castilla y León y Andalucía podrían ser las siguientes.
Y mira que hay guiños a Vox en el nuevo decálogo del PP. En inmigración, en la idea de familia, en políticas climáticas, en equiparar todas las violencias en un mismo epígrafe… El decálogo de Génova es el pastel de manzana en la ofrenda de la buena vecindad, para acercar posturas en las derechas después de las elecciones de Aragón y Extremadura, sobre todo Extremadura. Pero nada. Los ofendiditos nunca tienen bastante. Abascal quiere, como en aquella escena de Pretty Woman, que le hagan más la pelota.
Y eso que el documento con el que el PP quería acercar posturas con Vox desde Génova está escrito para complacer a Vox. Pero Abascal ha salido corriendo a decir que no, que así no. Está en contra. “Lo obvio” de las exigencias del PP, por lo visto, le indignan. O sea, que se enfada porque son tan básicas que no hay manera de negarse a ellas.
Para acercarse abiertamente a Vox, el PP presenta un documento abiertamente de derechas en el que diluye cualquier línea roja que no sea la Constitución y Abascal se ofusca muchísimo: “Es empezar con mal pie”, “me molesta”, "me suena mal", "una ofensa", "es un error", “un insulto”... Todo eso dijo Abascal en su entrevista el martes con Susana Griso en Espejo Público. Quiere dejar claro que de tregua nada, que quiere gresca.
A quién se le ocurre invocar en el decálogo el "respeto" al "marco constitucional" y a que no se pactará nada "fuera de la legalidad vigente", lo que incluye "el acatamiento del reparto competencial actualmente existente" en España. Si es que el bipartidismo siempre va provocando. Aunque a lo mejor no es tan descabellado exigir que los acuerdos respeten el límite de las competencias de las comunidades a un partido que está en contra de las comunidades.
El caso es que ni 24 horas ha durado la sintonía entre Feijóo y Abascal después de que el líder popular le contara el lunes a Rafa Latorre en Onda Cero que ambos habían estado hablando más de una hora en un tono muy cordial. Ignacio Garriga, secretario general de Vox, salió al día siguiente a mostrarse partidario de esta nueva etapa en la que Génova centraliza las negociaciones, frente a Guardiola en Extremadura y Azcón en Aragón. Pero al poco salió Abascal en Antena 3 haciéndose el ofendidito. En Vox no caben más opiniones que la suya. Que se lo digan a Ortega Smith.
Y por si quedara alguna duda de que el PP está poniendo la alfombra roja, después del enfado de Abascal sale Ester Muñoz, la portavoz parlamentaria del PP, a decir que el decálogo en sí es “solo un embrión de lo que puede ser una negociación”. Y cuanto más conciliador se muestra el PP, más se indigna Abascal. Dice que le molesta que Génova plantee generalidades, pero cuando plantee cosas concretas, le ofenderá la concreción.
Un partido que está hecho para canalizar indignación, y que a tenor de las últimas citas electorales la canaliza muy bien, no está hecho para gestionar tanto algodón. Tal vez porque a Vox eso de darle la razón sea hacerle una faena. Cómo va a Abascal a mostrarse contento de que Feijóo se muestre ahora cordial con él si lo suyo es enfadarse por sistema. Mejor dicho, por antisistema.
