Esta noticia que estás leyendo, ¿fortalece o debilita las instituciones?
Me he tatuado una frase en el antebrazo. La miro cuando leo las noticias del día y siento que no hago pie ante tanto sendero desconocido, ante tanto retorcimiento de la realidad, ante tanta primera vez. No es solo una frase, es una guía. Como periodista envuelto en la actual melé de la información, a la hora de analizar la actualidad suelo hacerme una primera pregunta sencilla: ¿Esta noticia que estoy leyendo fortalece o debilita las instituciones? Es un consejo muy útil cuando uno trata de analizar este bombardeo de noticias en el que las escandaleras van sepultándose unas sobre otras y los poderes lo aprovechan en beneficio propio.
Solo en el último mes: el caso Escribano, ¿fortalece o debilita las instituciones? Más allá del Consejo de Indra o el Gobierno, ¿cómo quedan la CNMV y la SEPI? Otro tema: el uso del llamado decreto ómnibus, ¿fortalece o debilita las instituciones? ¿Y que la ministra de Hacienda minimice la importancia de gobernar tres años sin siquiera presentar los Presupuestos? ¿Y que el Senado controlado por el PP no ponga en marcha la renovación de cuatro magistrados del Tribunal Constitucional cuyo mandato ha caducado, entre ellos el de su presidente, Cándido Conde-Pumpido? ¿Y que el presidente del Gobierno dedique la mitad de su intervención sobre la guerra de Irán en el Parlamento a atacar a los líderes de la oposición? ¿Y que el líder de Vox se limite a intervenir una vez y abandone el hemiciclo?
¿Qué pasa con que la portavoz del Gobierno, Elma Saiz, utilice la sala de prensa de la Moncloa para hacer propaganda del PSOE, como hicieron todas sus antecesoras del sanchismo, pero ningún portavoz de Rajoy, Zapatero, Aznar o González? ¿Y la sustitución de la independiente Cristina Herrero en la AIREF por una de las personas de confianza de la ya exministra María Jesús Montero, Inés Olóndriz? ¿Y el sistema elegido por Justicia para que el Gobierno controle la elección del próximo juez español del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH)? ¿Qué significa que el Gobierno firme un acuerdo sobre Gibraltar tras el Brexit y ni siquiera consulte al Parlamento? Todas estas noticias suponen una erosión de los poderes del Estado: al Ejecutivo, al Legislativo y al Judicial. Pero no solo: también suponen un ataque a la galaxia institucional que los rodea y que de alguna manera contribuyen a construir los contrapoderes.
"Se echa de menos una mayor contundencia de las reales academias ante según qué cosas"
La frase de mi antebrazo es un mecanismo de autodefensa que me ayuda a analizar la actualidad ante tanta propaganda. Es una fórmula para no olvidar que nadie está por encima de la ley y que las personas pasan, pero las instituciones permanecen. Esto nos incumbe a todos, a cada uno en el ámbito de sus responsabilidades. Obviamente, empezando por la clase dirigente, que debe preguntarse sobre su legado: si, tras su paso, la institución que representa sale más fuerte o más débil. Esto es aplicable a los presidentes de Gobierno y demás políticos, pero también a presidentes de organismos reguladores, CEO de grandes empresas o incluso directores de periódicos. Así hasta el conjunto de los ciudadanos, cada uno en la medida de sus posibilidades: la mínima es el voto responsable cada cuatro años, que no es poca cosa.
Leo libros de quienes sí se mojan. Los hay diversos y todos son útiles. “Erosiones del Estado de Derecho” (Dykinson, 2026), es un contundente análisis jurídico coordinado por los profesores Luis Míguez Macho y María José Roca para denunciar el deterioro del sistema. El listado de autores anida en la excelencia y el de los excesos que desgranan es tan abrumador como peligroso para el sistema. Se están produciendo agresiones a los tres poderes del Estado y, por extensión, a las garantías de los derechos de los ciudadanos. Un aplauso para los autores, porque la academia no siempre se posiciona, ni en singular ni sobre todo en plural: se echa de menos una mayor contundencia de las reales academias ante según qué cosas. En el caso de los autores de esta obra hay que reconocer que han asumido su responsabilidad y están pronunciándose con conocimiento científico, nombres y apellidos. Están cumpliendo con su deber y están dando herramientas a la ciudadanía.
Otro libro relevante es “Sobre el imperio de la ley” (Galaxia Gutenberg, 2025), del abogado Javier Cremades. En él hace una llamada a recuperar la centralidad de la ley como garantía última de la libertad en sociedades cada vez más complejas. En un documentado pero accesible ensayo, Cremades nos explica que la democracia constitucional es el mejor camino para conseguir una limitación efectiva del poder en beneficio de la libertad. En resumen, es una defensa de la institucionalidad, de la ley y del estado de derecho: de la democracia. Y no es una obra teórica, o sólo teórica, sino que se adentra en la actualidad para recordarnos que necesitamos instituciones fuertes y ciudadanos comprometidos.
En definitiva, la auténtica batalla no es entre izquierdas y derechas, como toda la vida; ni entre los de arriba y los de abajo, como hizo creer a mucha gente la izquierda radical a partir del 15M; ni entre el “bipartidismo globalista” y el tradicionalismo identitario, como nos intenta hacer creer la actual derecha radical. La auténtica batalla es la que libran el constitucionalismo y el populismo, ese monstruo de mil cabezas que muta, y muta, y sigue mutando aprovechándose del desconcierto generado por la revolución tecnológica en la que vivimos desde hace al menos tres lustros. Lo que está amenazado es la democracia liberal, ni más ni menos, y eso nos lleva a una reflexión: los que en 2026 seguimos pensando que sigue siendo el mejor modelo posible, y seguimos creyendo en la alternancia, ¿estamos haciendo todo lo que podemos? ¿No estaremos tocando la lira en la orquesta del Titanic?
La democracia no se sostiene sola. Conviene defenderla y protegerla. Las amenazas son múltiples porque las formas de populismo y pospopulismo son diversas, y luego está la revolución tecnológica. Por eso hay que comprometerse en un ejercicio de militancia democrática que consiste en rechazar todo lo que suponga una erosión al Estado de derecho. Venga de donde venga.
PD. Lo del tatuaje es un recurso literario, pero no descarto hacerlo: "Instituciones fuertes, ciudadanos comprometidos". En latín, que queda más culto.
