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Los tiranos y la legalidad internacional

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03.03.2026

Entre Donald Trump y Pedro Sánchez no hay por qué elegir. Ambos, a los que conocemos bien, son partidarios de ese tipo de planteamientos maniqueos, pero por encima de ellos y de sus intereses, tenemos la obligación moral e intelectual de alejarnos de los dos presidentes. No es incompatible estar en contra de Trump y de Pedro Sánchez, de la vulneración de la legalidad internacional y de la irritante equidistancia con respecto a la asesina teocracia islamista iraní. Así que comencemos por el propio ataque, el bombardeo de Teherán y el asesinato del líder supremo iraní, Alí Jamenei.

En contra de lo que se mantiene, la ofensiva de Estados Unidos e Israel sí tenía un plan de acción determinado, que comenzaba con la localización precisa del tirano, cuando estuviera junto a una parte de sus generales, para asesinarlos y descabezar el régimen. Como se ha filtrado a la prensa estadounidense, han sido meses de seguimiento de los movimientos del ayatolá por parte de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, la CIA, hasta determinar el momento preciso, día y hora, en el que podía conseguirse el primero de los objetivos marcados. La agresión no estaba ordenada ni por la ONU ni por el Congreso de los Estados Unidos, entre otras cosas porque difícilmente hubieran respaldado una guerra por motivos ajenos a la realidad de Irán; no, no es la opresión salvaje a la que están sometidos los iraníes desde hace décadas lo que ha motivado el ataque. Lo que persigue Estados Unidos es afianzar su posición de líder mundial, frenando el progresivo ascenso de China con el control de los mercados petrolíferos. Y lo que busca el primer ministro israelí, el despiadado Netanyahu, es el debilitamiento de su principal enemigo en la zona, y el más poderoso por potencia bélica y financiador de numerosas organizaciones terroristas, como Hamás o Hezbolá.

Es verdad, a ninguno de los dos, ni a Trump ni a Netanyahu, les ha movido el asesinato de decenas de miles de iraníes por el simple hecho de protestar en las calles, por la miseria diaria que soportan; ni la esclavitud de mujeres, tratadas como animales. Ninguno de ellos se moviliza por el interés por esa pobre gente, pero cuando el resultado de sus acciones ha sido el asesinato del tirano que los oprimía, es difícil que no compartamos la satisfacción y la alegría con la que han reaccionado los iraníes. La esperanza aparece como un rayo de luz débil, en medio de la niebla, y es imposible no ponerse del lado de esa gente, aunque los intereses de las potencias agresoras no los hayan tenido en cuenta.

No, Donald Trump no es un benefactor, no hay humanismo en ninguna mirada suya, como hemos visto hace muy poco cuando su ‘policía de inmigración’ era capaz de asesinar impunemente a ciudadanos estadounidenses indefensos. Pero si se piensa en las familias iraníes que suplicaban que les entregaran el cadáver de su hijo o de su padre, y les hacían pagar hasta las balas empleadas para asesinarlo, se hace muy difícil condenar que hayan acabado con el tirano. Es indiscutible, como decimos, que el bombardeo de Irán no está amparado por la legalidad internacional, pero ¿acaso se puede esperar algo de la ONU? De hecho, Irán es miembro fundador de las Naciones Unidas, que tiene como lema "paz, igualdad y dignidad en un planeta sano". La ONU le sirvió a este mundo para superar la tensión y el miedo nuclear de la ‘guerra fría’, tras la Segunda Guerra Mundial, pero hace ya muchos años que se muestra inoperante, desfasada y hasta cínica. Sus contradicciones internas, como conjunto de países, no son menores que las que podamos achacarle a un ataque como el de Teherán.

También han censurado el ataque los socios parlamentarios del Gobierno, como Podemos o Izquierda Unida, y hasta exigen acciones más severas contra los Estados Unidos y la propia OTAN, aunque no haya intervenido en el ataque. En lógica coherencia, también acabarán pidiendo que abandonemos la Unión Europea, después de que las principales potencias europeas (Francia, Alemania y el Reino Unido) hayan decidido prestarle su apoyo a Estados Unidos. En el comunicado oficial de Izquierda Unida se introduce un motivo temerario para justificar su oposición al ataque contra el ayatolá Jamenei. Dice así: "Izquierda Unida exige el respeto al derecho internacional y a la soberanía de los pueblos".

Las normas del derecho internacional pueden exigirse a partir de los tratados sobre ‘ius ad bellum’, como queda dicho, pero la soberanía de los pueblos es un concepto más controvertido en este contexto. Ninguno de nosotros se atrevería a hablar en esos términos para referirse a un pueblo masacrado, como el de Irán, con un ejército de doscientas mil policías que vigilan el cumplimiento estricto del Islam. No, no se puede humillar a los iraníes diciendo desde España que debe respetarse la soberanía de la República Islámica de Irán, como si la opresión más salvaje fuera un acto de libertad. ¿Podría decir lo mismo Izquierda Unida si el tirano se llamara Adolf?

No podemos sucumbir a los planteamientos maniqueos a los que pretenden conducirnos Donald Trump o Pedro Sánchez, cada cual guiado por sus propios intereses, también particulares y electorales. El presidente español, por ejemplo, lleva tiempo cultivando esta imagen de aislamiento frente a Trump, de opositor frente a la oleada neoconservadora, de resistencia mundial de la extrema derecha. Nada más llegar a la Moncloa comenzó esa política de gestos, con el Aquarius, aquel barco de inmigrantes del que dejamos de tener noticias hace un par de años, cuando las agencias se cansaron de repetir que todavía no se había solventado del todo la regularización de aquellas personas.

Entramos en tiempo electoral tanto en Estados Unidos como en España, las elecciones de medio mandato para Trump y las generales para Pedro Sánchez, y el comportamiento de ambos puede surgir de esa ansiedad. Aunque, como sostiene mi compañero Ángel Villarino, existen varias posibilidades y ninguna de ellas, por sí sola, explica lo que está sucediendo, aunque pueden ser complementarias. Incluida la ‘teoría del ahorcado’, aplicable a líderes políticos desesperados. De momento, una sola tesis: alejémonos de los planteamientos maniqueos, pero entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán, siempre con los primeros y con nuestros aliados europeos.


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