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La guerra subterránea por los minerales críticos

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11.10.2026

El objetivo del Acuerdo de París de alcanzar la neutralidad carbónica en 2050 (emisiones netas cero de carbono) sería imposible de cumplir sin un metal que durante casi 5.000 años fue uno de los pocos conocidos por el ser humano: el cobre.Chipre, donde floreció la civilización minoica, fue famosa en la Antigüedad por sus minas de ese metal, que, en aleación con el estaño, dio origen a los grandes imperios de la Edad del Bronce, entre ellos el Egipto faraónico.

El mismo nombre griego de la isla alude al metal rojo: Kupros. Incluso antes del uso industrial y doméstico de la electricidad, la presencia del metal que mejor conduce la corriente eléctrica, después de la plata, era masiva por su maleabilidad, su resistencia a la corrosión y la facilidad con la que se combina con otros metales.

Desde 1940 se ha extraído casi el 75% del cobre que se ha utilizado en la historia. Los grandes aviones de Boeing y Airbus tienen unos 215 kilómetros de media de cables de cobre similares a los que Thomas Doolittle inventó en 1877 para el telégrafo. A medida que avance la transición energética, su consumo se acelerará por la demanda de redes de transmisión en las economías emergentes y de centros de datos, que necesitan refrigeración permanente, en las economías desarrolladas.

En 2022, el consumo global de cobre superó los 25 millones de toneladas. Hacia mediados de siglo serán 53. La demanda de todos los demás metales necesarios para la transición energética –cobalto, níquel, tierras raras…– también aumentará a tasas parecidas o mayores. Un vehículo eléctrico (VE) usa entre 40 y 60 kilos de níquel, frente a los dos o tres kilos de uno con motor de combustión interna.

Un Tesla usa unos cinco kilos de cobalto, 400 veces más que un teléfono. Estados Unidos importa 14 veces más cobalto del que produce, la mayor parte desde China. El gigante asiático domina todos los eslabones de su cadena de suministro, desde las minas de CMOC en la República Democrática del Congo, en las que ha invertido 9.000 millones de dólares, hasta sus plantas en China, que procesan el 80% del cobalto que consume el mundo.

Sin los 17 elementos conocidos como tierras raras –lantano, neodimio, terbio, itrio, entre otros elementos químicos metálicos que se forman en la fusión de estrellas de neutrones y otros fenómenos cósmicos violentos– sería imposible fabricar turbinas eólicas, baterías de ion-litio, misiles de crucero y una multitud de dispositivos que contienen imanes permanentes hechos con aleaciones de tierras raras como el neodimio, abundante en la corteza terrestre pero no en forma pura.

El F-35 de Lockheed Martin contiene 417 kilos de esos metales y un submarino de clase Virginia de General Dynamics, varias veces más. En 1995, General Motors, por entonces el mayor fabricante mundial de imanes de alta densidad, vendió sus patentes y Magnequench, la división que los fabricaba, a un consorcio de compañías chinas. China procesa hoy alrededor del 80% de las tierras raras, mediante un proceso complejo y extremadamente contaminante. Hoy la ventaja del dragón parece insalvable.En 2021, China tenía 140 de las 200 factorías de baterías de ion-litio que existían por entonces, frente a las 21 de Europa y las 11 de Estados Unidos. De aquí a 2029 se construirán 136 más, 101 de ellas en China, lo que explica que fabricar un VE en ese país sea 10 veces más barato que en Alemania.

En los años ochenta, el químico chino Xu Guangxian inventó un método más económico para separar unas tierras raras de otras, un avance que coincidió con el despegue de la industria de semiconductores. En 1986, la producción china se multiplicó por 10 respecto a los niveles de 1978. Y en 1991, China se convirtió en el mayor productor mundial de tierras raras, por delante de Estados Unidos, que recibió con beneplácito el proceso que Ernest Scheyder describe en The War Below (2024).

Dado que el tratamiento de las tierras raras en bruto........

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