De dónde viene la música y hacia dónde la lleva la IA
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Dicen los aficionados a la literatura musical que “lo único mejor que tocar música es hablar de música”, frase que se atribuye al músico estadounidense Steve Martin, también actor y humorista. Son buenos tiempos para departir sobre esa manifestación artística en plena ebullición. Dos libros recientes (Let’s Do It y 13 Maneras de Ver la IA, el Arte y la Música) exploran los orígenes de la música pop y también los horizontes que se abren al arte sonoro con la expansión de la Inteligencia Artificial (IA).
La idea de que la música popular explotó de repente a mediados del siglo pasado está más asentada de lo que debería. Muchos creen que el big bang sonoro nació con Elvis Presley, Dylan o los Beatles, aunque otros, más cultivados, se remontan a pioneros como Chuck Berry, Little Richard o Fats Domino. Pues tampoco. Esa visión es tan errónea como alicorta. Por eso son tan valiosas aportaciones como Let’s Do It. El Nacimiento de la Música Pop, de Bob Stanley, libro donde se documenta la trayectoria previa al rock and roll de las canciones, ritmos, tecnologías, voces y músicos antes de erigirse como fenómeno social.
Stanley dedica las 746 páginas de Let’s Do It (Liburuak) a reconstruir ese largo y poco conocido camino. La obra puede verse como una precuela de Yeah Yeah Yeah (2013), su historia monumental del pop moderno, cuyo relato arrancaba en los años cincuenta. El autor retrocede ahora hasta finales del siglo XIX para buscar las raíces de eso que hoy se llama pop (por popular). No se limita al blues y al jazz. Incluye corrientes como el ragtime, el vodevil, el music hall británico, Tin Pan Alley, Broadway, el góspel, el country primitivo, las big bands, los crooners, Hollywood y los primeros discos fabricados para un mercado de masas, entre otros muchos. El resultado es un árbol genealógico gigantesco donde se desmotan mitos sobre revoluciones espontáneas y se reivindica el protagonismo de los fundadores primigenios.
Let’s Do It, lejos de ser un chute de nostalgia, sirve para conocer la tradición y entender mejor la modernidad. Stanley demuestra que las grandes mutaciones de la música popular nacen de materiales anteriores. De esa forma, los espíritus creativos siempre escuchan, aprenden, mezclan y transmiten algo nuevo, pero desde avances previos.
Uno de los pioneros fue Scott Joplin, hijo de un antiguo esclavo y una mujer libre, pianista que convirtió el ragtime en un fenómeno nacional. Su Maple Leaf Rag demuestra que la música de la comunidad afroamericana transformó el devenir de la cultura popular. Junto a ese nombre tan poco difundido aparece Irving Berlin, emigrante judío cuya biografía anticipa la propia historia de Estados Unidos. Berlin comprendió una regla esencial del pop: debe llegar a la memoria de quien la escucha. Alexander’s Ragtime Band (1911) se convirtió en uno de los primeros fenómenos musicales masivos del siglo XX. Por aquellos años funcionaba ya Tin Pan Alley, una concentración neoyorquina de editores, compositores y letristas donde las canciones comenzaron a fabricarse industrialmente. Las críticas brotaron pronto y denunciaban que era música mecánica, comercial y construida en serie, algo que parece muy actual. Ese fenómeno que hoy se achaca a fenómenos como la IA también existía antes de la Primera Guerra Mundial y se descubre en estas páginas.
La I Guerra Mundial demostró que una canción puede levantar la moral, acompañar a los soldados, expresar nostalgia o aliviar durante unos minutos lo que ocurría en los frentes. It’s a Long Way to Tipperary (1914) pasó del music hall a las........
