Desolación editorial
Tengo una nueva novela dando vueltas entre editores desde hace más de un año. Extrañado por tanta ineficacia, he investigado el mercado editorial y estoy desolado.
La cosa es que el sistema productivo y la necesidad de flujo de caja constante hace que muchas editoriales dejen de lado la calidad literaria del autor porque no se pierde un segundo en leer las propuestas que llegan. Lo que se busca es cualquier cosa que venga de un influencer con un millón de seguidores o de un presentador de TV o algún friki mediático.
El sistema se ve obligado a sustituir los libros de la mesa de novedades tan pronto como se produce la devolución de los libros anteriores que no se vendieron (el 50% de los títulos publicados en España no llega a vender un solo ejemplar). Es decir, el librero devuelve los ejemplares no vendidos y se genera un cargo a su favor. Entonces la editorial en vez de pagar la devolución y descapitalizarse, coloca tres nuevos títulos, compensa el cargo de la librería y genera un ingreso para la editorial. Esta rueda es infinita y asimila el modo de funcionamiento de las editoriales al de las entidades de capital riesgo: saben que el 90% de sus libros perderán dinero o cubrirán costes y esperan que el 10% restante, compuesto de bests sellers como el Premio Planeta, algún fenómeno de tik tok o un autor consagrado, compensen sobradamente las pérdidas. El resultado es que no se trata ya de publicar libros con contenido de calidad, sino simplemente libros, da igual que sólo sean mierda empastada.
Soy un escritor artista, creo que la literatura es un arte, una bella arte, lo que significa que las palabras son como los colores y el teclado o la pluma como los pinceles para el pintor. La prosa debe ser excelente; la arquitectura de la novela, sólida; las palabras exactas para cada párrafo, para cada frase, para cada episodio de la narración. Se trata de escribir como Velázquez pintaba, eso es lo que creo que es la literatura y es a lo que yo aspiro en mis novelas. Mi prosa es clara y rica, nada barroca ni recargada. Soy casi grafómano y tanto oficio de escribir durante medio siglo con siete novelas y docenas de cuentos me ha hecho diestro en el oficio.
Pero nada de esto importa cuando el sistema está en un precario equilibrio sostenido por el ciclo de facturas sobre libros facturados, no vendidos, devueltos y reemplazados por nuevos títulos que generan nuevas facturas que se descuentan vía factoring o confirming. Ni hay tiempo ni hay necesidad de buscar buenos autores, lo que importa es imprimir, imprimir, imprimir y esperar a que suene la flauta.
En Francia, el premio más prestigioso y codiciado es el Goncourt. Su dotación es de diez (10) euros. Es independiente de las editoriales y lo otorga un prestigioso grupo de profesionales. En España, los premios editoriales se presentan falsamente como concursos de méritos, pero no hay tal: es un premio privado y la editorial lo otorga a quien le parece que será más rentable. Los centenares de originales que se presentan son sólo relleno para la nota de prensa, lo cierto es que nadie se ha leído ni una sola de las novelas postulantes, van todas a la papelera.
La literatura de España en lo que va de siglo es, simplemente, penosa. El nivel de calidad ha caído a niveles inimaginables: textos con faltas de ortografía, frases con sintaxis imposibles, repeticiones, pobreza léxica y siempre una historia truculenta con un trans, un inmigrante y una mujer superwoman que los salva a todos.
Me dicen que me dirija a Acantilado o a Galaxia Gutemberg si lo que busco es un editor que se preocupe de la calidad literaria y cuide sus ediciones. O que hable con el agente literario Schavelzon Graham, como si fuera cosa de descolgar el teléfono y que se ponga alguien que me escuche. Pero soy autista, se me dan mal las relaciones sociales con desconocidos y no sé defender mi literatura de otra manera distinta a entregar el texto y que lo lean: ¿cómo cuentas el esculpido de la prosa, cómo hablas de la fontanería y carpintería de la novela, cómo explicas la arquitectura de rascacielos que has ideado para contar esa precisa historia? Las editoriales lo que indagan, cuando indagan, es la historia. Hay que contarla en dos páginas y destripando todo el contenido. Es un cometido tan fácil como inútil porque cualquier historia ya se ha contado un millón de veces y, al final del final, lo único que importará es la calidad artística del texto. Pero no hoy en España.
