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Sentir a flor de piel el cáncer de mama: cómo mi alta sensibilidad se convirtió en mi mayor fuerza

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14.10.2026

El día que escuché la palabra cáncer en la consulta médica, el impacto no se quedó en mis oídos; retumbó en cada fibra de mi cuerpo. Para cualquier persona, un diagnóstico de cáncer de mama es un terremoto. Pero para quienes somos Personas Altamente Sensibles (PAS), ese terremoto viene acompañado de una marejada sensorial y emocional difícil de explicar a quien no lo vive.

Si ya en mi día a día el ruido blanco de la ciudad, un tono de voz borde o una aglomeración me saturaban, de repente me vi catapultada a salas de espera frías, luces fluorescentes de quirófano, olores a antiséptico y una cascada de terminología médica que mi cerebro no paraba de procesar en bucle a máxima intensidad.

Al principio sentí que ser PAS era una desventaja tremenda. Pensé: "Si me cuesta gestionar el estrés diario, ¿cómo voy a soportar la quimioterapia, la cirugía y la incertidumbre de si seguiré viva?".

El colapso del procesamiento profundo y la sobreestimulación

Durante las primeras semanas, el procesamiento profundo —esa característica intrínseca de nuestro sistema nervioso— se volvió mi mayor enemigo. Analizaba cada mirada del oncólogo, el matiz en el abrazo de mi familia y cada pequeña punzada en mi pecho. Vivía en un estado de alerta roja constante.

La........

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