menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La actividad cauchera en el Putumayo

13 0
04.03.2026

Álbum de fotos de la comisión consular de 1912:

ESCRIBE: Alberto Chirif

Nos convoca hoy la presentación del libro titulado Álbum De FotografíasViaje de la Comisión Consular al Río Putumayo y Afluentes – agosto y octubre de 1912. ¿De qué se trata? En 1907, el periodista Benjamín Saldaña Roca publicó sendas denuncias en dos diarios de Iquitos, La Sanción y La Felpa, sobre las atrocidades cometidas por jefes y personal de las diferentes estaciones caucheras que la empresa británica The Peruvian Amazon Company tenía en la zona interfluvial comprendida entre el Putumayo y el Caquetá, territorio colombiano desde 1927-1928, años en los que los gobiernos de Colombia y Perú ratificaron el Tratado de Límites Salomón Lozano. En su inicio, la empresa cauchera había sido peruana y funcionó así hasta 1907, con el nombre de Julio César Arana y Hermanos, aunque también era conocida como la “Casa Arana”. Ese año, sin embargo, Julio César Arana, su gerente general y principal accionista, resolvió convertirla en británica. Las razones que lo motivaron a efectuar este cambio fueron dos: captar capitales en Gran Bretaña (de hecho, elevó su capital a un millón de libras esterlinas), por entonces, la principal compradora del caucho peruano; y dejar a salvo sus intereses en caso de que la zona interfluvial mencionada, en disputa con Colombia, pasase a manos de este país. En otras palabras, como británica, la empresa no sería afectada por la solución que se le diera al litigio fronterizo.

El cálculo le salió mal a Arana porque a raíz de las denuncias presentadas ante el parlamento de Gran Bretaña, el gobierno de ese país no tuvo más opción que intervenir porque la empresa, además de estar registrada en Londres, contaba con ingleses en su directorio y con súbditos británicos entre su personal, como eran los barbadenses que el cuñado de Arana, Abel Alarco, había reclutados en la isla de Barbados, colonia de Inglaterra hasta 1966, aunque continuó como protectorado británico hasta el año 2021, cuando finalmente se declaró como república parlamentaria independiente. Queda claro, entonces, que el envío de un comisionado por parte del gobierno británico al Perú para recabar mayor información sobre las denuncias no fue una injerencia al estilo de las que acostumbran realizar países poderosos contra otros más débiles, que sirven para mantener dictaduras o removerlas cuando estas ya no les convienen a sus intereses, sino la consecuencia de un imperativo que dicho gobierno no podía eludir.

A raíz de las mencionadas denuncias, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña encomendó, en 1910, al cónsul Roger Casement para que viajara al Putumayo a fin de investigar las acusaciones planteadas por Saldaña Roca, que habían sido llevadas ante el parlamento inglés por el ciudadano estadounidense William Hardenburg. The Peruvian Amazon Company nombró su propia comisión compuesta íntegramente por británicos con la finalidad de informar acerca de las posibilidades de desarrollo comercial de las propiedades de la compañía y de averiguar sobre las relaciones entre los empleados nativos y los agentes de la compañía. Casement tuvo que integrarse a esa comisión y entrevistó a los barbadenses que trabajaban en la empresa como capataces.

Luego de su viaje, realizado entre mediados de septiembre y finales de noviembre de 1910, Casement envió dos informes al Ministerio de Asunto Exteriores de Gran Bretaña que contienen los testimonios de treinta barbadenses. Estos confirman las atrocidades cometidas por los jefes y el personal de las estaciones caucheras en el Putumayo. El Libro Azul Británico, traducido y publicado en castellano en 2012 por el Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP) y el Grupo Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas (IWGIA, por sus siglas en inglés), recoge las cartas e informes dirigidos por Roger Cesement a las altas autoridades del gobierno británico, en especial, al secretario del Ministerio de Asuntos Exteriores, Sir Edward Grey, quien le había encomendado la misión. En su primera comunicación después del viaje, fechada en Londres el 9 de enero de 1911, Casement señala que sus conclusiones se basan principalmente en los testimonios de los barbadenses que trabajan para la compañía, quienes están preparados a someter sus acusaciones a investigación y hacerlas en presencia de aquellos a quienes sindican como responsables. Añade que tanto el señor Juan Tizón, representante de la Peruvian, como los integrantes de la comisión nombrada por esta, estuvieron de acuerdo con el informe.

Sin duda, estas conclusiones no agradaron a la empresa, que resolvió enviar otra comisión con instrucciones muy claras sobre lo que tenía que destacar y lo que debía omitir. Por su parte, los gobiernos británico y norteamericano encargaron a sus cónsules en Iquitos para que viajasen al Putumayo con la finalidad de ampliar la información acerca de la situación de los indígenas que trabajaban en la empresa. Se trataba entonces de dos comisiones con un objetivo común, que era investigar las acusaciones sobre las atrocidades cometidas por los caucheros de la Peruvian Amazon Company, pero con dos estrategias diferentes, ya que una tenía como finalidad investigar las denuncias sobre torturas y asesinatos cometidos contra los indígenas por jefes y personal de las diversas estaciones caucheras de la empresa y, la otra, buscar argumentos para negar las acusaciones y presentar a los caucheros como agentes de la civilización y patriotas defensores de las fronteras.

Al final, las dos comisiones se integraron en una sola y sus miembros decidieron viajar juntos al Putumayo en el Liberal, uno de los vapores de la empresa, pero los dos grupos mantuvieron miradas diferentes. El primero grupo estuvo integrado por los cónsules británico y estadounidense que trabajaban en Iquitos, Stuart J. Fuller y George B. Michell, respectivamente. El segundo, por Carlos Rey de Castro, cónsul peruano en Manaos y amigo de Arana, el propio Arana y su cuñado Marcial Zumaeta, los barbadenses John Brown y Simeon Ford —como conocedor de la lengua huitoto, el primero, y cocinero, el segundo—, un agrónomo apellidado Reátegui, una mujer huitoto de nombre Julia y el fotógrafo Silvino Santos, autor de las fotografías presentadas en este álbum. Acompañaba a la comisión una guarnición de veinticinco soldados bajo el mando del teniente Risco.

El Álbum

El Álbum que hoy presentamos, en su segunda edición, se lo debemos al periodista Jaime Váquez Valcarcel, quien consiguió el material y tuvo la buena idea de publicarlo. Para esta tarea, buscó socios, que finalmente fueron, además de Tierra Nueva, editora dirigida por el mismo Vásquez, el CAAAP, IWGIA y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). Los coordinadores de esta iniciativa fueron Manuel Cornejo Chaparro, Juan de la Serna Torroba y Alberto Chirif. El Álbum incluye textos escritos por Manuel Cornejo Chaparro, Alberto Chirif, Jean-Pierre Chaumeil y Manuel Martín Brañas. La digitalización de las fotos fue realizada por Daniel Giannoni y su edición, por Jorge Luis Chávez Marroquín, mientras que la corrección de estilo estuvo a cargo de Rocío del Carmen Moscoso Blanco.

Tomo en este párrafo los datos que aportan Juan de la Serna Torroba y Jorge Luis Chávez Marroquín sobre el contenido del álbum: 187 fotografías, inéditas en su gran mayoría, lo que les otorga “un valor excepcional como memoria visual y testimonio histórico del período al que corresponden, más aun considerando la probable destrucción de los negativos originales. Del total de fotografías incluidas en el álbum, 167 habrían sido tomadas por el propio Silvino Santos y 20 corresponderían a otros autores. Estas últimas, al parecer, fueron incorporadas al álbum con posterioridad”.

El autor de las fotografías, Silvino Santos, nació en la parroquia Sernache do Bomjardin, del municipio de Sertã, ubicado a 200 km al norte de Lisboa. Siendo muy joven, viajó a la Amazonía y se estableció en la ciudad brasileña de Belém do Pará para trabajar en el comercio. En esa ciudad, aprendió fotografía, labor para la que demostró tener gran talento. Allí lo conoció Arana, quien le financió un viaje a Francia para conocer y aprender más sobre el oficio en la casa Pathé y en los laboratorios de los hermanos Lumiere. Viajó luego al Putumayo contratado por Arana para tomar fotografías de las estaciones cauchera de la empresa, en el contexto de la comisión antes aludida y filmar algunas películas. Estas últimas iban a ser copiadas en los Estados Unidos, pero se perdieron cuando el barco que transportaba los negativos fue hundido en 1914 durante la Primer Guerra Mundial.

El Álbum es una pieza única, es decir, un ejemplar solitario que nunca antes había sido publicado; sin embargo, podemos suponer, su organización fue realizada por la misma empresa que contrató a Silvino Santos para realizar el trabajo, es decir, la Peruvian. No sabemos qué uso se le haya dado, aunque sí podemos imaginar cuál fue la finalidad de quienes le encargaron a Santos tomar las fotografías: presentar a los indígenas como seres laboriosos. ¿Por qué, entonces, el álbum nunca fue publicado y permaneció en los estantes privados de alguna persona vinculada a la empresa? Aparentemente la falta de utilización política de las fotografías contenidas en el álbum se haya debido a la coincidencia de fechas de la culminación del trabajo de Santos con la de la caída de los precios de caucho, en ambos casos el año 1914, a causa de la entrada en producción de las plantaciones de shiringa establecidas por los británicos en sus colonias del Sudeste Asiático, que implicaron mayor producción de gomas y a menor costo. No tiene ningún asidero culpar al gobierno británico de la desaparición de la industria extractiva de gomas silvestres en el Perú, porque el Perú no era el principal abastecedor de este producto de la industria europea y estadounidense, sino Brasil, donde el auge gomero también se derrumbó por las mismas razones. Un dato que avala esta afirmación es que la producción gomera del Perú representó apenas el 6.0 % de la de Brasil entre 1902 y 1914. Es evidente que, si la industria gomera hubiera seguido generando ingresos para los industriales y comerciantes que trabajaban en el Perú, Arana hubiera podido continuar con esta actividad dentro del marco institucional de una nueva empresa. Los ingleses solo decretaron la liquidación de la Peruvian, pero no le prohibieron a Arana (no tenían poder para hacerlo) continuar su labor al frente de una nueva empresa. Si Arana no lo hizo fue porque ya no era rentable a causa de la competencia del caucho producido en las plantaciones británicas. Otro evento importante que también confluye el año 1914 fue el inicio de la Primera Guerra Mundial, en la cual Inglaterra jugó un papel importante para combatir a Alemania y al imperio Austrohúngaro. En resumen, la caída mundial del precio del caucho silvestre y el inicio de la Primer Guerra Mundial son, a mi juicio, las razones que explican el desinterés de Arana de publicar el álbum para tratar de promover su imagen como civilizador. Considero que es la única explicación plausible para que un trabajo tan costoso haya quedado en el olvido.

La fotografía nunca es una imagen objetiva, porque siempre es un recorte de la realidad que depende de la voluntad y la mirada del fotógrafo. Esta mirada puede ser amplia o circunscrita a los intereses del autor o sus empleadores, es decir, la fotografía puede ser manipulada para dar una imagen diferente a lo que sucede en la realidad. Por tal razón, el álbum no puede ser revisado sin el complemento de otros textos que dan cuenta, de manera amplia, acerca de la realidad que retratan (como los libros e informes de Roger Casement, Carlos Valcárcel y Rómulo Paredes, y los testimonios de los propios indígenas) a menos, claro está, que el interés del observador se circunscriba a aspectos estéticos: encuadres, nitidez, manejo del claroscuro, sutileza de los grises y otras cuestiones de este tipo. La intención de Arana al encargar a Santos la elaboración de este dosier fotográfico y la filmación de algunas películas que se perdieron en el referido naufragio, no era estética, sino la de presentar una realidad libre de conflictos, construida con indígenas que danzan sus bailes “típicos”, lucen atractivas pinturas corporales y demuestran, con sus vestidos y labores recién adquiridas (como la fotografía de la mujer cosiendo a máquina), su grado de civilización ganado por el trabajo realizado por la empresa. Arana refirma su papel como civilizador en diversas publicaciones suyas, y en otras debidas a su cuñado Pablo Zumaeta y a su defensor a sueldo Carlos Rey de Castro. Las fotografías de Santos no son “instantáneas”, algo que en verdad era imposible de realizar en aquella época dado el peso de las máquinas fotográficas, sino que son imágenes que claramente responden a un guion establecido que quiere mostrar la armonía de la vida de los indígenas y sus buenas relaciones con el personal de la empresa.

No quiero extenderme mucho más en la presentación de este álbum porque las presentaciones extensas terminan por aburrir al público, pero sí quiero hacer algunas consideraciones finales sobre el número de indígena asesinados por los caucheros de The Peruvian Amazon Company. Con frecuencia se menciona que fueron 30 000 los indígenas. Debo decir que yo mismo he realizado alguna vez esta afirmación que hoy considero temeraria, porque no tiene ningún asidero. Sin embargo, hay que preguntarse ¿cuál es el origen de ella? El dato es una inferencia equivocada, realizada por terceros, a partir de lo señalado por Casement en algunos párrafos de su obra. Dice Casement: “Hace unos años, las autoridades peruanas estimaron que la población indígena de esta zona era entre 40.000 y 50.000 almas”. También señala: “En el prospecto publicado cuando se constituyó la Peruvian Amazon Co. en 1908, el señor Arana afirma que había 40.000 indios “trabajadores” viviendo dentro del área de su empresa en el Putumayo”. Finalmente, el cónsul asevera: “Según los cálculos hechos el año pasado y antepasado por los funcionarios y por los interesados en la prosperidad de la Peruvian Amazon Co., la población existente en toda la región se calcula ahora en unos 7.000 indios a lo menos y 10.000 a lo más”. ¿Qué conocimiento tenía la empresa o los funcionarios acerca de la demografía de los indígenas en una zona tan amplia como la comprendida entre el Putumayo y el Caquetá? Ninguno, no eran demógrafos ni les interesaba el tema, sino extractores de caucho.

En resumen, sobre datos inciertos se ha tratado de construir una estadística valedera, algo que considero un grave error, en el cual tengo parte de responsabilidad, por falta de un manejo más cuidadoso de los datos y del cruce de infamaciones diversas. Que los asesinatos sucedieron es un hecho comprobado por numerosos testimonios, y que hayan sido menos de los imaginados no exculpa a los caucheros. Cito a continuación a mi colega Jorge Gasché, uno de los mayores conocedores de la historia y la cultura de los Huitoto:

La época de explotación del caucho tuvo como característica particular la violencia bruta, la matanza, la tortura, el desplazamiento, la eliminación física, la coerción para dedicar a la gente a hacer un tipo de trabajo que no le era propio, en condiciones de esclavitud. Mientras que aún viviese gente que manejaba los rituales, se podría haber esperado la reestructuración, al menos parcial, de la sociedad y la tradición. Sin ella no se puede practicar el ritual. Es también consecuencia de esta época el hecho de que algunos conocedores tradicionales no hayan querido seguir enseñando la palabra por considerar que esta corresponde al pasado y que actualmente ya no tiene sentido. (Ver su texto en Después del Caucho)

Reparo en la observación de Gasché cuando dice: “Mientras que aún viviese gente que manejaba los rituales, se podría haber esperado la reestructuración, al menos parcial, de la sociedad y la tradición”. Los clanes, institución clave para la organización de la sociedad huitoto, bora y ocaina, quedaron desarticulados por la muerte, a causa de asesinatos o de enfermedades originadas durante la explotación caucho. Sobre este tema, otro colega, el colombiano Juan Álvaro Echeverri, ofrece un texto en el que presenta los clanes que desaparecieron por completo y otros que, a pesar de existir, no pueden funcionar como unidades que organicen y orienten la vida de sus integrantes, por haber perdido a los depositarios de la palabra ceremonial.


© Diario Pro & Contra