Que la política no nos quite la familia
Hay épocas en las que la política deja de ser un asunto de noticieros, plazas públicas o debates televisados, y se instala de lleno en la vida cotidiana. Colombia está viviendo una de ellas. Pasadas las elecciones de Congreso y en plena antesala de la contienda presidencial, el país respira campaña por todos lados. Y eso se nota en lo más simple: en el almuerzo del domingo, en la visita a los abuelos, en el café con los amigos, en la conversación casual que termina, casi sin darse uno cuenta, hablando de candidatos, de miedos, de esperanzas y de un futuro que cada uno imagina de manera distinta.
Hasta ahí, todo podría entenderse como parte natural de una democracia. Es sano que la gente hable de política, que se interese por el rumbo del país, que pregunte, que cuestione y que compare. Lo preocupante comienza cuando esas conversaciones dejan de ser un ejercicio de ciudadanía y se convierten en una especie de prueba de lealtad emocional, donde pensar distinto parece suficiente para romper la armonía de una casa o enfriar una amistad de años.
Ese es uno de los grandes problemas de este tiempo: la política ya no solo divide opiniones, sino que amenaza con fracturar afectos. Y eso ocurre porque, en medio de la polarización, se ha vuelto frecuente que la conversación no busque entender, sino vencer. Se habla para marcar territorio, para demostrar superioridad, para desacreditar al otro. Entonces el debate ya no gira alrededor de ideas, sino de sospechas, etiquetas y juicios morales. El que no piensa como yo no está equivocado: está perdido, manipulado o del lado incorrecto de la historia. Con esa lógica, ninguna conversación puede terminar bien.
En muchas familias eso ya se siente. Hay almuerzos en los que bastan dos frases para que cambie el ambiente. Hay reuniones en las que todos saben qué tema no debe tocarse para evitar una discusión. Hay amistades que prefieren el silencio antes que el riesgo de una pelea. Y lo más delicado es que, en ocasiones, una palabra dicha con rabia en medio de una campaña deja una marca más profunda que cualquier resultado electoral. El candidato sigue su marcha, la campaña termina, la agenda pública cambia, pero el resentimiento puede quedarse en la mesa por mucho tiempo.
Por eso conviene volver a una verdad que parece obvia, pero que a veces olvidamos: antes que electores, somos personas. Antes que simpatizantes de una ideología, somos familia. Somos hijos, padres, hermanos, esposos, amigos, vecinos. Y ninguna preferencia política debería valer más que eso. Ningún candidato merece que dos hermanos dejen de hablarse. Ningún partido justifica que una madre vea a sus hijos enfrentados como si fueran enemigos. Ninguna corriente ideológica puede ser más importante que una amistad construida con años de confianza, de acompañamiento y de vida compartida.
Claro que las elecciones importan. Importan mucho. De ellas dependen decisiones que afectan la economía, la seguridad, la salud, la educación y la estabilidad institucional del país. No se trata de restarle seriedad a la política ni de promover la indiferencia. Se trata de poner las cosas en su justa dimensión. Porque una cosa es defender una idea con firmeza y otra muy distinta usar esa idea como permiso para humillar a quien no la comparte. Una cosa es debatir con argumentos y otra degradar el vínculo humano que existe con el otro.
Tal vez una de las virtudes más escasas en esta época sea la escucha. Y no me refiero a oír en silencio mientras llega el turno de responder, sino a escuchar de verdad. Escuchar para entender qué hay detrás de la postura del otro. Qué experiencias lo marcaron. Qué temores tiene. Qué espera del país. Qué frustraciones arrastra. A veces olvidamos que detrás de una opinión política hay una historia personal. Y cuando reducimos al otro a un simple voto o a una etiqueta ideológica, dejamos de verlo como ser humano. Ahí empieza la deshumanización del debate.
También hace falta recuperar algo que parece menor, pero no lo es: el sentido del límite. No toda sobremesa tiene que convertirse en discusión política. No toda diferencia merece una confrontación inmediata. No toda provocación obliga a una respuesta. Hay momentos en los que insistir no aclara nada y solo agrava el malestar. Bajar el tono, cambiar de tema o simplemente decidir no escalar una discusión no es cobardía; muchas veces es una forma madura de cuidar la convivencia.
Además, hay una lección silenciosa que no deberíamos pasar por alto. Los niños y los jóvenes aprenden qué significa la democracia no solo viendo a los adultos votar, sino observando cómo se tratan cuando piensan distinto. Si en la casa ven gritos, burlas, desprecio e insultos, entenderán que la diferencia se resuelve aplastando al otro. Si ven respeto, prudencia y capacidad de escuchar, aprenderán que es posible disentir sin destruir el vínculo. Esa pedagogía cotidiana, esa forma de convivir con el desacuerdo, dice mucho más del país que somos que cualquier discurso sobre tolerancia.
Quizás este tiempo electoral nos esté poniendo a prueba justamente en eso. No solo en la capacidad de elegir gobernantes, sino en la capacidad de conversar sin rompernos. En la posibilidad de discutir ideas sin poner en juego el afecto. En la madurez para entender que la democracia no consiste en eliminar al contradictor, sino en convivir con él. Y eso empieza mucho antes de las urnas: empieza en la casa, en la calle, en el grupo de amigos, en la manera como usamos la palabra.
Al final, cuando pasen los discursos, cuando se apaguen los eslóganes, cuando la campaña quede atrás y el país entre en otra etapa, seguirán allí la familia, los amigos, los vecinos y la necesidad de seguir compartiendo la vida. Ojalá lleguemos a ese momento sin haber sacrificado lo más valioso por una discusión pasajera. Porque una nación no solo se construye con votos, leyes o gobiernos. También se construye con la manera como se tramitan las diferencias, con el respeto que se conserva en medio del desacuerdo y con el cuidado que se tiene por los vínculos que sostienen la vida cotidiana.
En un país tan necesitado de serenidad, tal vez el reto no sea solo elegir bien, sino aprender a convivir mejor. Hablar de política, sí. Debatir, claro que sí. Pero sin permitir que la pasión del momento nos quite la calma, la humanidad y el afecto. Porque si algo necesita hoy Colombia, además de buenos gobernantes, es preservar aquello que nos mantiene unidos. Y en esa tarea, más necesaria que nunca, bien vale la pena empezar por lo esencial: un acuerdo para vivir mejor.
