Trump topa con la Iglesia
15 de abril 2026 - 03:07
Si Donald Trump hubiera leído a Cervantes, posiblemente se hubiese ahorrado el ridículo mundial que viene protagonizando en su enfrentamiento con la Iglesia Católica. Una disputa infantil, donde no faltan recreaciones irreverentes realizadas por inteligencia artificial borradas a la carrera, en la que tiene todas las de perder. Porque si algo ha caracterizado a la política exterior del Vaticano (se olvida muchas veces que la Iglesia de Roma, en el orden temporal, no deja de tener su condición de Estado) es su denuncia constante de cualquier atentado contra los derechos humanos, en cualquier situación y contexto. Así fue en la Guerra Fría, ya fueran sus interlocutores los estados totalitarios prosoviéticos o las dictaduras instauradas con la ayuda de la CIA en el Cono Sur. Y así fue también aquí, donde el papa Montini no fue precisamente un hijo predilecto del Franquismo.
El papa León, tan estadounidense como Trump, no ha hecho otra cosa que clamar por la paz en este desierto de hostilidades e incomprensión en el que entre unos y otros están convirtiendo el mundo. Y lo hace desde la fuerza que impone la letra del Evangelio y la autoridad moral de la doctrina social de la Iglesia y su principio principal de protección de la dignidad de las personas. Que la Iglesia no tenga un fin específicamente político en su misión, no equivale a dejarla fuera del debate sobre la paz y seguridad mundial, como al parecer pretenden algunos. Al contrario, su carácter universal y no alineada con corriente política alguna la convierte en un agente idóneo para acercar posturas y concertar acuerdos.
Las críticas de Trump contra la Iglesia nos llevan a uno de los fenómenos más curiosos de los últimos tiempos, y que de alguna manera también tiene su secuela en la política nacional, cual es cierto anticlericalismo de nuevo cuño que no viene de fuera, como solía, sino que se incuba en sectores de la población cercanos, y hasta militantes, de la propia confesión religiosa. El tema es determinar si esta posición contraria a los postulados de la Iglesia de Roma supone un activo para quien la practica, o puede representar a la larga un coste para su imagen y reputación. Teniendo en cuenta la experiencia (nada menos que dos mil años), me inclino por lo segundo. Algo que parece importarle poco al loco de allí, pero que bien harían en pensarlo los que todavía lo jalean aquí.
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