El amor imposible de Feria
21 de abril 2026 - 04:01
Me conformo con verte amanecer, con el rostro sin maquillaje, a plena luz, casi en silencio y en una alegre y ansiada soledad. Qué suerte mirarte cara a cara, dorada la piel, descansados todos los rasgos, en una plenitud desconocida. Me basta con esos minutos de intimidad mientras otros duermen o están en sus afanes. Siempre creo que te viene mejor el sol, que hace relucir tus perfiles. Jamás te vino mal la serenidad del lento despertar, pero parecen conceptos negados para ti. Verte nacer es hallar las mejores horas de la ciudad. Oír el primer cascabeleo, probar el primer sorbo de espuma blanca, leer el periódico, descubrir tus nuevos dorados, tus destellos azules y verdes, y esos blancos que la noche cubre. Si no te veo así, no me vale la cita, ni me compensa el camino. Si no nos encontramos a solas, me sobran las otras horas. Nunca fuimos de bullas ni multitudes, sino cómplices de la voz baja y las miradas silenciosas. Por eso nos buscamos cuando no nos ven. Tu luz matinal tiene la belleza de la oración de mediodía. Llegarán el gentío y la música que te envuelve. Nuestro encuentro parecerá el paraíso perdido, el sueño imposible, la pequeña gloria efímera que los dos sabemos. Tú, en tu recreo, en tu roneo, en tu danza embelesadora, cruzándote con las luces, con la cintura marcada a esa hora en que solo los farollilos llevan el compás gracias a la brisa. Si te conocieran como yo te conozco, te buscarían como yo te busco. Sabrían que cambias de belleza según las horas como una dama de traje según el día. Querrían verte como te miro, mirarte como te observo, contemplarte como te aprecio. Y, al final, te escapas, siempre te esfumas en una primera bulla mientras fijas tus ojos en mí en un intento de despedida. A veces parece que disfrutas con hacerme esperar y con nuestros encuentros fugaces como el vuelo de un vencejo. Me esperas para verme, acudo con expectación. Y te marchas en un instante. Será que todo lo bueno e importante ocurre con prisa. Es imposible pararte, pasas de ser mía a serlo de todos. Es inútil intentar atraparte. Contigo solo basta mirarte, nunca agarrarte. Al día siguiente estás como si nada hubiera ocurrido, con un punto de indiferencia, como una señora novelera sin memoria, con la misma o más delicada belleza. Y otra vez nos miramos, otra vez juegas a bailar con esas luces limpias y claras en las horas del abril templado, otra vez la espuma alba, el tableteo de un carruaje aislado que avanza por el firme de adoquines.
Mañana volveré a verte. Siempre vuelvo para contemplar tu moreno y tranquilo despertar, tu desdén de quien se sabe reconocida, tus primeras luces. Te buscaré después en algún detalle de la bulla. Si te veo, no serás tú. Si te hallo, serás otra. Nunca serás la misma que cuando estamos solos, liso y bien peinado el albero, cortejo de zalameros farolillos, hermosa recién salida de la alcoba de la noche estruendosa. Nadie como tú, la mañana de Feria, la de los instantes de serena primavera, la de las luces que siempre se escapan, la que sabe al primer algodón dulce del puesto donde aguarda la infancia.
También te puede interesar
Carlos Navarro Antolín
El amor imposible de Feria
Enrique García-Máiquez
La Feria no es causa de perdición
Nuevas caídas por Ormuz
España en el peligroso juego mundial
Botellonas a todas horas
