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Noelia. Ojalá

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03.04.2026

El caso de Noelia y su muerte tras recibir la eutanasia me ha atravesado profundamente. En estas últimas semanas, su muerte -que no su vida, y ahí reside parte del problema- ha sido objeto de un debate público que, en muchos casos, ha resultado vacío e infértil: opiniones subjetivas, posicionamientos políticos, confrontaciones. La forma en la que se ha tratado su historia y su dolor me produce una profunda tristeza. He necesitado tiempo para poder atravesarlo, pero no quiero centrarme en eso ahora. Noelia no se lo merece. Nadie lo merece.

Siempre he sentido que escribir me ayuda a ordenar y comprender lo que siento. Compartirlo, aún más. Por eso nace esta reflexión. Antes de nada, quiero aclarar que hablo desde quien soy, desde mi historia personal. Y esto lo cambia todo. Soy Sara: persona, mujer, clase trabajadora, con una vida que considero de buena calidad, rodeada de vínculos importantes. También soy paciente “psiquiatrizada”, convivo con trauma complejo, soy superviviente al suicidio de un ser querido y Psicóloga Sanitaria especializada en suicidología y duelo por suicidio. Y todo esto lo cambia todo. Y no me interesa tener razón ni me interesan las verdades absolutas.

Esta reflexión va en memoria de Noelia y de todas las personas que no encontraron la manera de seguir viviendo, de quienes no tuvieron una red de apoyo o esta llegó tarde. También va para quienes hoy están luchando por vivir. Me gustaría decir “no estáis solas”, pero me pesa la vergüenza. Sí puedo decir que cada vez somos más quienes intentamos tejer redes más conscientes, presentes y capaces de acompañar el sufrimiento humano.

¿Sabéis? Hace años, un colega con daltonismo vio un perro blanco y naranja y exclamó: “¡Qué bonito el perro verde!”. Para él, era verde. Aquello me hizo pensar que hay formas de sufrimiento que distorsionan la realidad. A ese fenómeno lo llamé “daltonismo por sufrimiento”.

No hablo de un dolor cualquiera. Me refiero a lo que en suicidología se denomina “psychache” o “meta dolor”: un sufrimiento psicológico extremo, desgarrador, que se vuelve inabordable y altera profundamente cómo pensamos y sentimos la realidad. Es un dolor poco comprendido y, por tanto, poco acompañado. Muchas veces se vive en silencio, con miedo a no ser entendido. Y es peligroso porque aísla, deja sin esperanza, sin sentido, sin propósito. Este tipo de sufrimiento puede afectar al funcionamiento del cerebro, limitando capacidades esenciales: regular emociones, expresar lo que sentimos, comunicarnos, controlar impulsos, buscar alternativas o valorarnos. Todo eso puede dejar de estar disponible, deja de funcionar. Además, no aparece de un día para otro: es un proceso. Cuanto más tiempo se permanece en ese estado, mayor es el riesgo. Una de sus consecuencias es el estrechamiento de la percepción: una “visión túnel” donde parece que solo hay una salida. En ese punto, vivir es sinónimo de sufrir. Quienes lo han experimentado lo describen como un agotamiento extremo, una desesperanza profunda hacia el presente y el futuro. Es desde ahí donde puede surgir el deseo de morir como solución al sufrimiento.

Y aquí conecto con Noelia. No se trata de lo que tú o yo opinemos. No se trata de estar a favor o en contra de la eutanasia. No se trata de juzgar si hizo bien o mal. No somos nosotros. Es ella. Es su sufrimiento: único, personal, intransferible. Cada persona siente el dolor de manera distinta. No es una cuestión poética, es científica. Por eso, su dolor (físico y psicológico) y su decisión no deberían ser juzgados. La verdadera pregunta es otra: ¿cómo pudo llegar Noelia a ese nivel de sufrimiento sin haber recibido el acompañamiento necesario? ¿Qué apoyo tuvo? ¿Qué respuestas encontró? ¿Qué parte de su sufrimiento podría haberse sostenido de otra manera?

Como sociedad, a veces abandonamos a quien se duele. Y eso también es una responsabilidad colectiva. Reducir todo a un debate de bandos es peligroso. Minimizar ese sufrimiento es inhumano. Politizarlo desvía la atención de lo esencial. Estamos esquivando una responsabilidad que nos corresponde: acompañar el dolor humano, algo que, de una forma u otra, todas las personas experimentamos.

Siento que, una vez más, el sufrimiento de Noelia ha sido invisibilizado.En lugar de enfrentarnos, propongo mirar hacia lo que la llevó hasta ese punto. Su historia estuvo atravesada por la violencia machista, el abandono emocional y también institucional. Mientras discutimos sobre el final, dejamos intacto todo lo que ocurrió antes. Y es ahí donde realmente importa mirar. Porque es ahí donde la prevención del suicidio y la protección de la vida tienen sentido, no solo como profesionales, sino como sociedad. Es ahí donde todavía se puede hacer algo. Noelia significa nacimiento. Ojalá, donde quiera que esté, pueda volver a nacer. Y ojalá su vida y su muerte nos ayuden a construir un mundo más justo, más humano y capaz de sostener el sufrimiento.

Sara Pérez Pizarro. Psicóloga sanitaria.


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