Una crónica
José Luis Rodríguez Zapatero, el pasado mes de febrero, tras una entrevista con la Agencia Efe. / Ronald Pena R / EFE
Desde que tuve móvil –allá por el 2011: fui tardío– mi aparato ha sido y es viejo, analógico y en absoluto digital. Durante años, he advertido cierta incomprensión a mi alrededor por no tener WhatsApp, no formar parte de grupo alguno –«¿ni siquiera de familia?», preguntan sorprendidos–, no hacer ni mandar fotos, y no aceptar el móvil como el sustituto de la memoria que se pierde, o del saber que no hemos tenido nunca, esas imposturas poscontemporáneas que hacen pasar por memorioso o culto a quien no lo es.
Estos supuestos defectos me encastillaban aún más en mi manera de entender la vida antes de internet, como un pagano que se resiste a las nuevas religiones; o si lo prefieren, como un cristiano que se resiste a las nuevas idolatrías.
Últimamente, ando preocupado. Hace algún tiempo, ya escuché voces que apuntaban a esos teléfonos como instrumento de la delincuencia y el terrorismo y claro, no es muy agradable que puedan confundirle a uno, lo que me mantenía inquieto. Pero ahora ya es la caraba, pues en el reciente Affaire Zapatero –«¡Cielos, mis joyas!», chillaba la Castafiore– se ha descubierto que el tal Julito –así llaman a su amigo y presunto socio, (que debe llamarse Julio, imagino)– poseía cuarenta móviles analógicos, lo que definitivamente nos convierte........
