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Los clarines del miedo

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08.04.2026

Maestro Saco del Valle tanto Beethoven me cansa, te lo digo sin rodeos, Chopin sí me llega al alma”. Así dicen los versos de Rafael Duyos donde cuenta que la infanta Isabel, la Chata, va a los toros y lleva tres regalos para devolver los brindis. “Sí, sí, que me brinden toros. No, al contrario, me agrada. Ya traía en previsión tres pitilleras de plata”. Era tía bisabuela de Juan Carlos de Borbón, hermana de Alfonso XII y una encarnación más de la afición taurina de la familia real. También la madre del emérito se distinguía por ser la primera en verle los testículos al morlaco desde que aparecía por la puerta de toriles. El domingo de Resurrección tuvo lugar una corrida en la Maestranza de Sevilla que supuso el regreso a las plazas de Morante de la Puebla, pero lo más importante fue la asistencia del inquilino de Abu Dabi. La banda tocó la marcha real y Morante y Roca Rey le brindaron uno de los toros que mataron. David de Miranda, el tercero de la lidia, en un acto de solidaridad republicana brindó al público. En lo tocante a los brindis, los monárquicos ganaron por dos a uno. Lo preocupante es que esto sucede en Sevilla, donde hay elecciones el próximo mes y las dedicatorias a los toreros se las suele llevar Moreno Bonilla. Ya se sabe que la izquierda no es muy partidaria de la tauromaquia, a pesar de que Federico haya destinado sus mejores versos a su querido amigo Ignacio. Todavía queda tiempo para la confrontación electoral, pero todo viene rodado, con el olor del incienso de la semana santa, los brindis taurinos y el rebujito de la feria. Lo tiene mal María Jesús Montero. El acuerdo in extremis de la izquierda, con Maíllo a la cabeza, no le viene bien, aunque sea interesante para Pedro Sánchez, que solo piensa en Vox como pieza clave para su salvación. No sabemos qué relación tienen los votantes de este partido con los toros. De momento, Abascal tiene más pinta de picador que de otra cosa. Los toros siempre fueron una muestra de polarización entre las aficiones, que protagonizaron divisiones tumultuosas en torno a las figuras que representaban a la izquierda y a la derecha, como las de Belmonte y Joselito, que encarnaban personalidades características de las dos masas enfrentadas en los prolegómenos de la Guerra Civil. Los toros han sido el termómetro de las dos Españas, por eso la corrida de Sevilla simboliza el retorno de un torero elegante y de un rey destartalado. Aquí está la historia que no se olvida. La de una España que exilia a sus mandatarios y que los añora en las plazas antes de ir a matarse por ellos. En los versos de Duyos un rapaz corría por Madrid gritando: “¡he visto a la Chata!” y el entusiasmo obedecía a un deseo mítico oculto en el fervor popular tanto por una causa como por la otra. Nunca se sabe qué es lo que realmente mueve al pueblo, dónde se esconde ese genio que nos pierde. Ese que intentaban descubrir Ernesto Jiménez Caballero o Eugenio Montes, para nuestra desgracia. Hoy los tiempos han cambiado y las plazas cierran para protegernos del escándalo, pero los toros siguen siendo el termómetro cuando tocan los clarines y se hace el silencio porque el estoque va a clavarse en el solomillo del astado, perforado previamente por las puyas y las banderillas, igual que un cristo sometido a la mofa y al escarnio.


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