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Alfonso García-Ramos, amigo, colega, director y compadre

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05.04.2026

(Resumen de la charla pronunciada por el veterano periodista Eliseo Izquierdo en la inauguración en la Biblioteca Municipal de Santa Cruz de Tenerife de la exposición hemerográfica en homenaje al escritor Alfonso García-Ramos, protagonista este año del Día de las Letras Canarias).

Ha transcurrido casi medio siglo de su muerte y es incontestable que Alfonso García-Ramos sigue siendo un referente en el imaginario político y cultural de nuestras islas. Su voz se apagó en 1980, pero no la firmeza y valentía con las que se manifestaba, la clarividencia de su mirada política y social, su visión de la insularidad canaria con sus peculiaridades y condicionantes y su defensa de los derechos que como pueblo con una personalidad muy definida y robusta nos corresponden y no se nos pueden hurtar.

Alfonso, igual que su hermano Fernando, nació en Santa Cruz de Tenerife, él en 1930 y Fernando un año después. Cuando aún eran pequeños, sus padres don Federico García Ramos y doña Carmela Fernández del Castilllo decidieron trasladarse a vivir en San Cristóbal de La Laguna, cuando todavía era la ciudad tranquila de los conventos y de las huertas que cantó el poeta Verdugo. En ella creció Alfonso, en ella se formó y afloró su vocación de político, de periodista y de narrador. Esta dualidad de sentimientos y vivencias –se vanagloriaba de sus orígenes chicharreros– favoreció su manera de entender la realidad insular; un ensanchamiento de la mirada que hacía posible contemplarla con especial amplitud política, cultural y social.

Vivíamos cerca, en la lagunera villa de arriba, y sin embargo no nos conocimos en nuestra niñez y adolescencia. Los dos comenzamos a estudiar en el colegio Nava, al ser reabierto al año de iniciada la guerra civil, pero en aulas diferentes, pues él era un año mayor. Entonces apenas había relación entre el alumnado, porque el colegio contaba con un solo patio para el recreo, por lo que cada clase lo tenía en distinto tramo horario. Lo mismo nos ocurriría más tarde y por análogo motivo en el colegio Iriarte, en el que los dos iniciamos asimismo el bachillerato.

El colegio Iriarte fue abierto en La Laguna cuando el gobernador civil Vicente Sergio de Orbaneja, el más vil y sinvergüenza de los gobernadores del franquismo –sus desmanes se contaban por resmas– ordenó por su cuenta el traslado del Instituto de Canarias a la capital de la provincia. Todos los profesores del Iriarte, menos uno, eran de izquierdas; puro rojerío, como decía la carcundia: Tomás Quintero, su fundador, su hermano Antonio, la inolvidable María Rosa Alonso, el gran Jacinto Alzola y otros menos significados, como Francisco García Fajardo, que había pertenecido en su juventud a la F.U.E. y, como contrapeso, para nivelar en lo posible la balanza política, el cura Darias Montesino, profesor de Religión.

Cuando el Instituto fue devuelto a su sede primigenia, al tiempo que se creaba el de Santa Cruz, bastantes alumnos trasladamos la matrícula al restablecido centro oficial, mientras otros, como Alfonso y Fernando, continuaron en el Iriarte. María Rosa, su profesora de latín, en un emotivo artículo de 1980, cuando Alfonso falleció, lo recordaba de niño, corriendo por la calle del Remojo de la ciudad de los verodes, veloz como una ráfaga, al vuelo, gordito, un chiquillo de diez años [···], gracioso y con los ojos vivos. Y recapitulaba su transida evocación con estas palabras: Desde su niñez, pues, tengo y tenía de Alfonso esa imagen cinética de la criatura vibrante, dinámica, arrebatada, premonición de los seres a quienes la vida come pronto y se traga.

Antes que con él, hice amistad Fernando, al iniciar ambos Filología Románica en la Universidad de La Laguna, cuando la Facultad estaba aún instalada en la casa Lercaro de la calle de San Agustín, mediados los años cincuenta del pasado siglo XX; él como alumno oficial, yo como oyente, porque trabajaba a la vez en Telégrafos. Fernando trocó pronto los estudios por los de aparejador (actual arquitecto técnico), pero seguimos siendo amigos, lo que motivó la pronta relación con su hermano mayor Alfonso.

El Ateneo de La Laguna había perdido con el franquismo prestigio y peso cultural, había dejado de ser foro de debate de ideas en libertad y de defensa de los intereses insulares, hasta convertirse en algo parecido a un casino de pueblo. Solo escapaba la tertulia de los viejos, que así denominaban muchos, con aire despectivo, la reunión cotidiana de sobremesa de un grupo de veteranos ateneístas, la mayoría represaliados por el sistema político imperante. Fue en ese grupo donde se gestó la operación para acabar con la lamentable situación. La capitaneó el profesor García Padrón, y contó con gente joven opuesta al régimen, aunque sin notoriedad como antifranquistas beligerantes, pero ya miembros significados de la denominada por Jorge Rodríguez Padrón “generación........

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