Alfonso García-Ramos, amigo, colega, director y compadre
(Resumen de la charla pronunciada por el veterano periodista Eliseo Izquierdo en la inauguración en la Biblioteca Municipal de Santa Cruz de Tenerife de la exposición hemerográfica en homenaje al escritor Alfonso García-Ramos, protagonista este año del Día de las Letras Canarias).
Ha transcurrido casi medio siglo de su muerte y es incontestable que Alfonso García-Ramos sigue siendo un referente en el imaginario político y cultural de nuestras islas. Su voz se apagó en 1980, pero no la firmeza y valentía con las que se manifestaba, la clarividencia de su mirada política y social, su visión de la insularidad canaria con sus peculiaridades y condicionantes y su defensa de los derechos que como pueblo con una personalidad muy definida y robusta nos corresponden y no se nos pueden hurtar.
Alfonso, igual que su hermano Fernando, nació en Santa Cruz de Tenerife, él en 1930 y Fernando un año después. Cuando aún eran pequeños, sus padres don Federico García Ramos y doña Carmela Fernández del Castilllo decidieron trasladarse a vivir en San Cristóbal de La Laguna, cuando todavía era la ciudad tranquila de los conventos y de las huertas que cantó el poeta Verdugo. En ella creció Alfonso, en ella se formó y afloró su vocación de político, de periodista y de narrador. Esta dualidad de sentimientos y vivencias –se vanagloriaba de sus orígenes chicharreros– favoreció su manera de entender la realidad insular; un ensanchamiento de la mirada que hacía posible contemplarla con especial amplitud política, cultural y social.
Vivíamos cerca, en la lagunera villa de arriba, y sin embargo no nos conocimos en nuestra niñez y adolescencia. Los dos comenzamos a estudiar en el colegio Nava, al ser reabierto al año de iniciada la guerra civil, pero en aulas diferentes, pues él era un año mayor. Entonces apenas había relación entre el alumnado, porque el colegio contaba con un solo patio para el recreo, por lo que cada clase lo tenía en distinto tramo horario. Lo mismo nos ocurriría más tarde y por análogo motivo en el colegio Iriarte, en el que los dos iniciamos asimismo el bachillerato.
El colegio Iriarte fue abierto en La Laguna cuando el gobernador civil Vicente Sergio de Orbaneja, el más vil y sinvergüenza de los gobernadores del franquismo –sus desmanes se contaban por resmas– ordenó por su cuenta el traslado del Instituto de Canarias a la capital de la provincia. Todos los profesores del Iriarte, menos uno, eran de izquierdas; puro rojerío, como decía la carcundia: Tomás Quintero, su fundador, su hermano Antonio, la inolvidable María Rosa Alonso, el gran Jacinto Alzola y otros menos significados, como Francisco García Fajardo, que había pertenecido en su juventud a la F.U.E. y, como contrapeso, para nivelar en lo posible la balanza política, el cura Darias Montesino, profesor de Religión.
Cuando el Instituto fue devuelto a su sede primigenia, al tiempo que se creaba el de Santa Cruz, bastantes alumnos trasladamos la matrícula al restablecido centro oficial, mientras otros, como Alfonso y Fernando, continuaron en el Iriarte. María Rosa, su profesora de latín, en un emotivo artículo de 1980, cuando Alfonso falleció, lo recordaba de niño, corriendo por la calle del Remojo de la ciudad de los verodes, veloz como una ráfaga, al vuelo, gordito, un chiquillo de diez años [···], gracioso y con los ojos vivos. Y recapitulaba su transida evocación con estas palabras: Desde su niñez, pues, tengo y tenía de Alfonso esa imagen cinética de la criatura vibrante, dinámica, arrebatada, premonición de los seres a quienes la vida come pronto y se traga.
Antes que con él, hice amistad Fernando, al iniciar ambos Filología Románica en la Universidad de La Laguna, cuando la Facultad estaba aún instalada en la casa Lercaro de la calle de San Agustín, mediados los años cincuenta del pasado siglo XX; él como alumno oficial, yo como oyente, porque trabajaba a la vez en Telégrafos. Fernando trocó pronto los estudios por los de aparejador (actual arquitecto técnico), pero seguimos siendo amigos, lo que motivó la pronta relación con su hermano mayor Alfonso.
El Ateneo de La Laguna había perdido con el franquismo prestigio y peso cultural, había dejado de ser foro de debate de ideas en libertad y de defensa de los intereses insulares, hasta convertirse en algo parecido a un casino de pueblo. Solo escapaba la tertulia de los viejos, que así denominaban muchos, con aire despectivo, la reunión cotidiana de sobremesa de un grupo de veteranos ateneístas, la mayoría represaliados por el sistema político imperante. Fue en ese grupo donde se gestó la operación para acabar con la lamentable situación. La capitaneó el profesor García Padrón, y contó con gente joven opuesta al régimen, aunque sin notoriedad como antifranquistas beligerantes, pero ya miembros significados de la denominada por Jorge Rodríguez Padrón “generación universitaria de La Laguna”, o “generación del medio siglo”, por Miguel Martinón. La candidatura triunfó por goleada. Y comenzamos a trabajar por la dignificación del centro, con coraje pero también con astucia y prudencia. No obstante, las primeras alarmas no tardaron en surgir: el Ateneo empezó a preocupar y a ser vigilado, por peligroso, por los organismos de control y de represión de la dictadura, lo que cohesionó más aún al grupo. Alfonso era el alma, el que más arriesgaba y buscaba inteligentemente cauces de actuación libre. Detenerme en la trascendencia de su labor, que el Ateneo le reconoció con el nombramiento de director de honor, desbordaría estos reglones.
La relación diaria como ateneístas contribuyó a intensificar nuestra amistad. Pero también algo en apariencia anecdótico. Ni Alfonso ni yo poseíamos máquina mecanográfica. Sin embargo, sí había una, vieja y muy baqueteada, aunque todavía útil, en Telégrafos de La Laguna, donde yo estaba destinado. Un día, Alfonso me pidió utilizarla para escribir algo. Se lo permití, lo que comenté luego con el jefe de la Estación. Don Pedro Suárez no solo no lo vio mal sino que incluso me autorizó a que, siempre con la mayor reserva y prevención, la siguiera utilizando. En aquella Remington de principios del pasado siglo XX escribimos Alfonso y yo un buen puñado de artículos y de notas periodísticas. Bastantes años después, siendo ya jefe de la Administración de Correos y Telégrafos, recibí orden de darla de baja en el Inventario, por inservible. No la envié al vertedero. La conservo, como una reliquia.
La casa de la lagunera calle Anchieta donde vivían Alfonso y Fernando con sus padres olía a manzanas reinetas, que doña Carmela, la madre, cultivaba en su finca de Agua García con la devoción de quien poseía alma de agricultora. Por entonces, y a despecho de lo que ocurría más allá de sus gruesas paredes, en ella mantuvimos los tres amigos durante años una tertulia casi diaria, al anochecer. En aquellas reuniones aprendimos a amar y a defender la libertad, a discutir y a discrepar, a respetar las ideas del otro, las compartiéramos o no, a ahormar palabras, emociones y rebeldías en tiempos de mordazas, amenazas y vacuas exaltaciones patrioteras. En aquel pequeño cenáculo informal nos curtimos, Alfonso en mirar el mundo en torno y en otear horizontes de la política, con la altura del vuelo de las águilas; Fernando en afanes tempranos de alumbramiento del caudal lírico, en él incontenible, que le afloraba constante, poema tras poema; este alevín de periodista, empeñado en seguir aprendiendo.
Alfonso era extrovertido, socarrón a ratos y a veces cáustico, pero sin ensañamientos y sin herir. Poseía una ironía muy suya, aderezada con un humor genuinamente canario y muy a ras del suelo de la realidad insular, el de un soñador con los pies bien firmes en el mundo en el que le tocó vivir. Se sentía canario hasta la médula y era tinerfeño a carta cabal, pero sin demagogias ni ombliguismos, en las antípodas de la visión miope de quienes han intentado en todo tiempo solapar sus complejos y frustraciones con el señuelo de supuestas señas de identidad. Concebía el archipiélago como una realidad territorial sin muros ni fronteras, con Europa como meta de sus ambiciones y querencias. Uno de sus mayores placeres se cifraba en el diálogo, en el arte de saber oír, permitir hablar y esforzarse en responder o replicar, siempre con lealtad en la confrontación de las ideas, por apasionado que fuese el debate, no digamos si era con un vaso de vino del país por medio, con un vino conversado, como solía decir a veces. Tenía una voz potente, que, llegado el caso, se imponía, pero con naturalidad y sin estridencias. Demostró con creces poseer la vocación y cualidades del orador político, del comunicador que sabe conectar con el auditorio sin caer en populismos. Le atraían sobremanera las fiestas de los pueblos, una forma de encontrarse y reencontrarse con la gente de a pie, en estado puro, sumergirse en lo auténticamente nuestro. Casado ya con Lolita Medina y yo todavía novio de Celia, mi mujer, los cuatro éramos con cajas del turrón, no nos perdíamos ni una de las fiestas de más enjundia de los alrededores. Nos divertíamos montando caballitos de cartón piedra o una noria o cochitos locos o acompañando cualquier parranda bien afinada y, sobre todo, hablando con el pueblo, tirándole de la lengua; la forma más eficiente de empaparse un periodista de lo esencial isleño, de los problemas del vecindario, sin que faltara la plática distendida en alguno de los ventorrillos que sabíamos que no nos iban a meter gato por liebre ni por vino del país el de tacorongona, como calificó el sabio Nijota el morapio barato traído de allende los mares, con el que más de un vinatero especulador y más de un desaprensivo importador se forraron los bolsillos en aquellos años oscuros, haciéndolo pasar por vino de la tierra.
Alfonso empezó a forjarse como político en la Universidad, al comenzar Derecho en La Laguna. El gusanillo de la política lo invadió pronto, en tempranas incursiones en los periódicos universitarios del SEU lagunero Arriba España y Nosotros, únicos medios en los que la gente joven podía romper alguna amarra y manifestar sus ideas, aprovechando las delgadísimas grietas del incipiente craquelado del franquismo. Esa vocación por la política se ensanchó cuando decidió finalizar los estudios en Madrid; una estrategia personal para hacer periodismo, profesión que don Federico, su padre, no veía con buenos ojos.
Un documento que muestra, acaso como ningún otro, su condición humana, su honradez y lo que para él significaban respetar la verdad y ser periodista, es la carta de renuncia a la militancia en el PSOE, justo cuando se daban en nuestro país los primeros pasos hacia la recuperación de la democracia. Alfonso justifica en ella su decisión de causar baja en el partido político en el que militó en la clandestinidad, porque -afirma, rotundo- la prensa tiene que jugar un muy importante papel de árbitro de la contienda política y de crítico riguroso de las posturas de los distintos partidos políticos, por lo que, en la disyuntiva que me plantea con toda crudeza la elección entre mi profesión de periodista y la servidumbre que supone estar sometido a la disciplina de un partido político, optaba sin reserva por el periodismo, para el que -dice- creo servir algo- al tiempo que renunciaba a la política, para la que -añade- me considero una verdadera calamidad, sin renunciar por ello a las ideas propias, a la ideología personal. Era sin duda una estrategia inteligente (la de proclamarse en política una verdadera calamidad) para evitar coacciones o cualquier maniobra para que desistiera, en momentos decisivos de la vida española y canaria. Porque, insisto, el gusanillo de la cosa pública lo llevaba muy dentro de sí. Lo demostró una vez más, y con creces, cuando fue elegido consejero independiente del Cabildo de Tenerife y asumió la presidencia del área de Cultura de la primera corporación insular democrática. Es un capítulo fundamental en su biografía, al que le dediqué amplio espacio en la Introducción del volumen Pico de águilas, de 1990.
La primera experiencia de Alfonso García-Ramos en la dirección de un periódico la tuvo con el universitario Nosotros, en los años cuarenta, junto a un reducido grupo de colaboradores, entre ellos su primo Alonso Fernández del Castillo, Manolo Medina Ortega, Diego Peña Jordán, su hermano Fernando, yo mismo y es probable que alguno más que he olvidado. El margen de actuación con libertad era prácticamente cero. Las férreas directrices de la dictadura lo impedían. Aunque siempre cabía descubrir algún resquicio o recoveco por el que colarse. En Nosotros empezamos a practicar el arte de escribir entre líneas, a burlar barreras, a saltarnos hasta donde era posible lo permitido por el sistema.
En los años sesenta le fue ofrecida a Alfonso la dirección de Diario de Avisos, cuando todavía el periódico era palmero y se tiraba en Santa Cruz de la Palma. Aceptó la oferta y comenzó con entusiasmo la transformación de una publicación desnortada y de aire decimonónico en un diario moderno. Fueron sólo siete meses, pues no tardó en comprobar que el cargo escondía una trampa sibilina, porque, en realidad, el nuevo propietario había adquirido Diario de Avisos para defender a contracorriente sus nada claros intereses económicos personales, lo que para Alfonso era incompatible con sus principios éticos y con su concepción del periodismo. Renunció inmediatamente y se reincorporó a la redacción del vespertino tinerfeño.
En 1970, coincidiendo con una renovación de La Tarde (la primera y única: traslado desde el callejón del Combate al edificio “El águila tinerfeña” de Suárez Guerra esquina a Pérez Galdós, material tipográfico aparentemente nuevo y ampliación de la redacción) Alfonso García-Ramos fue nombrado subdirector. Fue un acierto. En su nuevo cargo demostró lealtad sin fisuras a su director don Víctor Zurita, que era ya una persona venerable, y respeto total a la línea editorial que le dio prestigio y solera al vespertino tinerfeño, lo que no le impidió empezar, con cautela, a insuflarle nuevos aires, en el contenido y en el continente.
El 23 de enero de 1974 fallecía don Víctor. Alfonso asumió inmediatamente la dirección del periódico, pero con carácter interino. Como el tiempo transcurría sin ser confirmado por la empresa y se había filtrado un rumor interesado de cierto intento de segarle la hierba bajo los pies, decidió dar un inteligente golpe periodístico de autoridad, ya en pleno mes de marzo, e inició bajo el rótulo “Pico de águilas” el espacio de opinión que más prestigio le iba a dar en el ámbito del periodismo canario. Con “Pico de águilas” reavivaba, por una parte, la línea editorial del vespertino tinerfeño, y por otra reafirmaba su categoría de periodista de fibra. La unánime acogida favorable de los lectores precipitó el nombramiento. Eran momentos de inusitada efervescencia política, nacional y regional, y los aprovechó. Fueron más de mil cuatrocientos artículos los que compuso en los seis años de director de La Tarde; el último, el 2 de febrero de 1980, un mes antes de su fallecimiento. Por encargo del Cabildo de Tenerife hice una selección, precedida de amplia introducción, para la serie “Homenajes” de la corporación insular. El volumen, de más de medio millar de páginas, se editó, con notorio éxito, en 1990 y pronto se agotó. Me consta que, para más de un político canario, Pico de águilas fue (y no sé si seguirá siendo) libro de cabecera. Imposible detenernos en su contenido, en el valor y en la actualidad de este gran brazado de ideas, sugestiones, denuncias, reivindicaciones, esperanzas y frustraciones, de amor a la tierra nutricia. En la Introducción lo intenté.
Cualquier acercamiento a la personalidad de nuestro inolvidable amigo no se entendería si se omite su faceta de creador, de novelista. Debo confesar que, en lo tocante a este aspecto esencial de su personalidad, Alfonso fue siempre muy reservado conmigo. Diré el porqué, pues dice mucho de su talante personal, de su decencia y de su comportamiento ético. Cuando obtuvo en 1959, con Teneyda el premio de novela corta “Santo Tomás de Aquino” del D. U. de La Laguna, en su primera convocatoria, yo fui miembro del jurado que se lo otorgó por unanimidad. Me enteré de quién era el autor cuando se abrió la plica. Con posterioridad, por mi doble condición de periodista y de licenciado en Filología románica, fui asimismo convocado a participar en tribunales para fallar premios literarios y de arte: Cabildo Insular, Ayuntamientos de Santa Cruz de Tenerife y San Cristóbal de La Laguna, Caja General de Ahorros y otras instituciones. Por ese motivo, jamás me habló de lo que en cada momento tenía novelísticamente entre manos. Era su manera de jugar limpio. Entendí, comprendí y alabé siempre aquel silencio.
Solo diré, por notorio, que la narrativa de Alfonso García-Ramos, en particular Guad, marca un antes y un después en la novelística canaria. Como dice el maestro Gregorio Salvador con su afilada ironía granadina, a Guad hay que echarle de comer aparte. Es una obra de estatura excepcional. En la cada vez más abultada producción literaria generada en Canarias hasta el momento actual, solo Guad ha logrado el privilegio de ocho ediciones, y auguramos que seguirán más. A Teneyda y a Guad hay que sumarle, además de varias narraciones menores, la novela crepuscular, de acentuado carácter autobiográfico, Tristeza sobre un caballo blanco, de 1979, cuando ya lo rondaba muy de cerca el soplo letal de la muerte.
Queda metafóricamente en el tintero mucho que comentar de Alfonso, bastante más de lo dicho. Pero el periodismo exige concisión, es un campo al que sí hay que ponerle siempre vallas, setos, cercados. Me temo no haberlos puesto a tiempo. Diré únicamente, para acabar, que nuestra amistad devino en una suerte de relación familiar, pues fuimos compadres por partida doble, padrinos de nuestros respectivos hijos varones. Esto no evitó, como suele ocurrir en una profesión como la que compartíamos, más de un desencuentro, algunas discrepancias. Recuerdo que hasta protagonizamos una polémica, pero sin zaherirnos ni descender a lo personal. Disentir con honradez es una forma inapelable de lealtad. En todo caso, los contados desacuerdos se saldaron con más amistad. Seguí en primera línea el proceso de su enfermedad y estuve a su lado en el momento final.
Permítanme añadir, para finalizar, que nada más oportuno para honrar a un periodista que una muestra hemerográfica como la que la Biblioteca Municipal de Santa Cruz de Tenerife ha seleccionado con rigor y acierto para homenajear a Alfonso García-Ramos en este año en que protagoniza el Día de las Letras canarias. En Tenerife comenzó el periodismo en Canarias. San Cristóbal de La Laguna fue su cuna, como se ha recordado en más de una ocasión. Al calor de la Económica surgió el 2 de noviembre de 1785 el primer periódico impreso en las islas, el Semanario Misceláneo Enciclopédico Elementar (con ere), bajo la dirección del comandante de Ingenieros Andrés Amat de Tortosa, confeccionado y editado por el impresor Bazzanti. Pero con anterioridad había hecho ya periodismo manuscrito, con acierto, gracia y sentido de lo noticioso, nuestro impar Viera y Clavijo. La mayoría de la inestimable producción protoperiodística del prolífico arcediano se exhibe en esta atinada selección, hecha con rigor y excelente criterio. Como periodista y como amigo de Alfonso García-Ramos, mi felicitación y mi gratitud por la acertada iniciativa.
