Trump no puede con Irán y se ceba con Cuba
La llegada de la primavera esta vez produce una mezcla de consternación y estupor. No puede ser que la estación más amable nos sorprenda entre dos focos de desolación como Oriente Medio y América.
Comprendo que la gente eluda inmiscuirse en los pormenores de la guerra de Irán, pese a que se ha convertido en un asunto existencial en poco más de tres semanas. Nos estamos jugando los garbanzos en esa región caliente de Asia Occidental, tan desconocida en nuestra realidad insular atlántica, a expensas de un octogenario chiflado -en junio cumple los 80- con la sartén por el mango.
De madrugada, a Trump se le cruzan los cables y monta un tiberio tras otro con sus tuits en Truth Social, como si no pudiera vivir sino en un permanente estado de alarma.Es inevitable tener pesadillas con la sarta de disparates que rigen el mundo desde que el republicano llegó al poder. Una distopía que llega a su cenit en Irán sin visos de que haya una marcha atrás viable. Estamos en esa escalera de la escalada que nunca se debe subir, porque si nos caemos, se cae el mundo entero. No es circense, es trágico.
Y la crisis de los precios de la gasolina y la inflación es la punta del iceberg, dicen, de lo que nos espera si no se para esta guerra antes de que sea demasiado tarde. La paz, por lo visto, en su caso, va a ser de armas tomar, porque no bastaría con que Trump -TACO- levantara la tienda y saliera por patas. Los iraníes no se contentan esta vez con un alto el fuego que no implique que EE.UU. se borre del mapa y retire sus bases del Golfo, ese artificio de opulencia que ya no volverá a ser lo que era. Tan frágil es que depende de que Irán no devaste sus desalinizadoras.
Los estrategas del primer imperio ya saben que esta guerra imposible no la pueden ganar, así que la mayor victoria consiste ahora en evitar como sea que la crisis energética, humana, alimentaria y económica sea peor que la depresión del 29.
Patológicamente, el caso de Trump ya no es solo de juzgado de guardia, sino de psiquiátrico de guardia. Con su última andanada en falso, agota el recurso de engañar a los mercados con tal de que bajen los precios de la energía, fingiendo buenas noticias de la nada. Conminó a los iraníes -en una de tantas madrugadas desvelado- a abrir el estrecho de Ormuz en 48 horas o destruiría sus centrales eléctricas, y, poco antes de que expirara el plazo, ayer lo alargó cinco días tras supuestas negociaciones exitosas con el régimen de Teherán. De nuevo mentía, jamás existieron tales contactos, que fueron desmentidos por los ayatolás. Así que la guerra -que nos hubiera divertido tanto en boca de Gila-, está en terra ignota. No sabemos cada día con qué nos vamos a desayunar.
Los Clinton, los Obama, hasta el ignorante de Bush hijo que gobernaba entre cogorzas fueron incapaces de llegar a cimas semejantes de mentecatez temeraria. Esta semana, hemos podido ver que la prensa en España se ocupa de la salud mental de Trump. Porque no es normal que delante de la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, haya vuelto a dar el espectáculo en el Despacho Oval. Le preguntan por qué no aviso a sus aliados del ataque a Irán y responde, mirando a su invitada, que, para sorpresas, la de Japón: “¿Por qué no me contasteis lo de Pearl Harbor?”, comenta con mal gusto. En Canarias, se dice que un tipo así está chalado. ¿El presidente de la primera potencia del mundo, loco? Un documental sobre él tiene un título parecido, y el psiquiatra americano Héctor Frisbie asegura que padece demencia frontotemporal (la misma que Bruce Willis). Este es el hombre que nos tiene sentados sobre un barril de pólvora.
Al canario siempre le inquietan las cosas del mundo, porque somos portaaviones, tenemos mentalidad de travesía y hemos hecho las Américas. Ahora estamos con el rabillo del ojo pendientes de Asia, de Europa y de América. Lamentando la bisoñez europea, vemos a Ucrania en desventaja tras los recientes favores de Trump a Putin con sus rentas del petróleo.
Y alargamos la vista hasta América. Cuba nos duele de verdad. Hasta allí ha ido a parar la frialdad sanguinaria de Gaza: asedio, bloqueo y hambre. Nunca estamos lejos de Cuba, nuestra hermana mayor. Deberíamos sentir vergüenza de no estar ayudándola como merece, como en los barcos solidarios de México y los envíos de ayuda de España. ¿Qué ha hecho Canarias? No lo logro entender, nuestra Cuba de cuidados intensivos, que nos salvó de hambrunas, las está pasando canutas y no tenemos mala conciencia.
