Igualdad tecnológica es igualdad económica
Creado: 08.03.2026 | 05:00
Actualizado: 08.03.2026 | 05:00
La economía que crece no pide permiso. Se instala. Reordena sectores. Cambia salarios relativos. Premia a quien controla infraestructura y castiga a quien llega tarde. Y en 2026, esa economía que crece es tecnológica: no solo IA, también plataformas, datos, ciberseguridad, automatización industrial, biotec, nuevos materiales, semiconductores, comercio digital, software incrustado en cualquier cadena de valor. La pregunta relevante no es si ‘nos gusta’ la tecnología, sino si vamos a permitir que la desigualdad se consolide justo ahí, en el carril que más acelera.
Los datos ayudan a bajar el debate a tierra. En la UE, en 2024, las mujeres eran el 19,5% de las especialistas TIC (una de cada cinco) y similar en otras carreras STEM. Y el contexto es el verdadero titular: entre 2014 y 2024 el empleo de especialistas TIC creció un 62,2%, casi seis veces más que el empleo total (10,6%). Si el segmento que más crece mantiene un desequilibrio tan persistente, el resultado es sencillo: el crecimiento se concentra. No hace falta conspiración; basta con inercia.
La desigualdad tambiénse fabrica por ausencia: lo que no se mide no existe,y lo que no existe no se corrige
La economía tecnológica funciona como un sistema de decisiones: qué se muestra, a quién se ofrece, con qué precio, bajo qué condiciones, con qué riesgo asignado, qué se audita y qué queda fuera. Ahí es donde la desigualdad se vuelve moderna: deja de ser solo una barrera visible y pasa a ser una propiedad del sistema, se automatiza.
Pensemos en los algoritmos como en contables sin contexto: calculan muy bien, entienden muy poco. Si entrenas un modelo con datos históricos de contratación, promoción, rendimiento o abandono, el modelo aprende patrones del pasado. Y el pasado tiene sesgos. El algoritmo no necesita ‘odiar’ a nadie para discriminar: le basta con optimizar un objetivo (eficiencia, retención, productividad) sobre datos que ya reflejan penalizaciones indirectas por cuidados, trayectorias no lineales o segregación ocupacional. El sesgo aparece en forma de puntuación, ranking, ‘encaje’. Y eso es peligroso por una razón práctica: una puntuación parece neutral, y lo neutral rara vez se discute.
Luego está el combustible del sistema: los datos. La desigualdad también se fabrica por ausencia: lo que no se mide no existe, y lo que no existe no se corrige. Si un servicio digital no registra bien determinadas experiencias (por ejemplo, acoso, discriminación, abandono por presión social), el modelo ‘no las verá’. Si un conjunto de datos representa peor a un grupo, el sistema fallará más con ese grupo. El error no se reparte democráticamente: se reparte donde el dato es más débil.
Un informe respaldado por la UE señalaba que las startups que tienen al menos una mujer fundadora captan solo el 12% del capital
Y la economía que crece no es solo salario; es propiedad. Si el crecimiento tecnológico se traduce en empresas que escalan, patentes, plataformas, derechos de explotación y redes de capital, el acceso a financiación es una variable de igualdad tan decisiva como la formación. Un informe respaldado por la UE señalaba que las startups fundadas exclusivamente por hombres reciben alrededor del 90% de la financiación, mientras que las que tienen al menos una mujer fundadora captan solo el 12% del capital. Cuando el capital se distribuye así, la brecha ya no es coyuntural: se vuelve patrimonial.
Incluso en el indicador más ‘clásico’, la brecha persiste. En 2024, la brecha salarial media no ajustada en la UE fue del 11,1%. Once puntos no son una anécdota: son menos ahorro, menos inversión, menos margen para asumir riesgos. Y en una economía donde tecnología y capital se retroalimentan, ese ‘menos’ se acumula como interés compuesto.
La conclusión es incómoda por pragmática: no podemos quedarnos atrás en la economía que crece. Y ‘quedarse atrás’ no significa no usar apps; significa quedar fuera de la decisión, del capital, de la trazabilidad de los sistemas y de la definición de objetivos. Igualdad tecnológica no es un gesto. Es infraestructura económica: auditorías y rendición de cuentas en sistemas automatizados, datos mejor documentados y más representativos, métricas públicas en contratación y promoción, y un ecosistema inversor menos ciego a la mitad del talento. Porque, si no lo hacemos, la desigualdad no solo seguirá: se convertirá en la arquitectura misma del crecimiento porque la igualdad tecnológica es igualdad económica.
