El cubano no quiere negocios con los Castro, sino que esto reviente
LA HABANA.- Allá por los años noventa, en lo más crudo del Período Especial, en el apogeo de un hambre que los cubanos solo creían posible en la época de Batista, una valla grande, emplazada en la avenida Malecón, desafiaba al gobierno de los Estados Unidos. Recuerdo la figura caricaturesca de un yanqui que rabiaba, en su orilla, ante el pueblo uniformado que, desde la orilla de enfrente, le gritaba que no tenía miedo. Por detrás del mensaje en la valla miles de cubanos, cojonudos de verdad, se hacían a la mar en embarcaciones improvisadas, dispuestos a cruzar el estrecho de la Florida infestado de tiburones, movidos por el anhelo de pisar la arena de algún cayo imperial.
Entonces, como ahora, el discurso iba en sentido contrario a la realidad. El drama se intensificaba detrás de la algarabía fidelista, los cubanos se enfermaban y morían eclipsados por el espectáculo, bastante manoseado ya, del David caribeño contra el Goliat de la era moderna. Fidel hablaba y hablaba mientras el país caía hasta cero. La gente se acostaba sin comer, se levantaba sin desayunar, y si hasta el momento no se sabe de nadie que, como Chaplin en La Quimera del Oro, haya hervido una bota para comérsela, es porque ni botas había.
Hambre, odio, consignas y el fantasma eterno de la invasión. Cada vez que la situación en Cuba se tornaba crítica y el pueblo manifestaba síntomas de malestar, Fidel Castro reavivaba la amenaza de........
